Brilla aquí para nosotros,
y así estarás en todas partes.
John Donne
Rafael:
Odio el invierno. Me acuerdo que aquella vez, el día del que te quiero hablar, me dijiste que nunca soportabas los inviernos, que el invierno era lo único que te hacía recordar a tu viejo, a tu familia del Norte, a todo eso que un día perdiste sin notarlo. Ese día nosotros habíamos estado donde Lala, ¿lo recuerdas?, era agosto y no teníamos nada que hacer, sólo mirar la tele, escuchar música y andar con Los Desalmados, entonces llamaste a casa para contarme que Lala estaría sola el fin de semana, que esa misma mañana te había escrito al celular diciéndote que por favor vayas a verla. Me pediste que te acompañara y como yo no soy de los que se niegan te pregunté si me caía a mí también parte de aquello y tú con tu risa tan socarrona y fuerte respondiste que a mí siempre me caía una parte, la mejor. Ese día, Rafael, recuérdalo, me esperaste en la esquina de Devaric, te encontré fumándote un pucho y mirando la ventana de una casa, y entonces fue ahí que sin decirme hola siquiera me contaste aquello de los inviernos y de lo horrorosa que se pone tu vida en agosto siempre y tu viejo y la familia del Norte y yo me senté a tu lado en la vereda, sin entender nada, porque tú no eras así, tú nunca hablabas de esas cosas. Pero encendí otro pucho y te dije, mirando también aquella ventana, que a nosotros no sé por qué nos había tocado lo peor. Eso dije y tú te reíste ya no tan fuerte, ni socarrón, sino débil ahora, triste, como si las cosas estuvieran ya perdidas. Sí, Rafael, nos pusimos melancólicos aquella vez cerca de la casa de Lala, antes de visitar a Lala y hacer todo eso que hicimos con ella. Estabas mal, se notaba, porque, a pesar de las risas, tenías algo muy adentro que te venía matando sin saberlo, tú nunca parecías darte cuenta de lo que te sucedía. Algo raro en ti. En fin.
No sé si alguna vez te conté cómo conocí a Lala. Fue dos años antes. Yo en ese tiempo estaba con Nicole, ¿lo recuerdas?, y una de las tardes que fui a su casa me encontré con una chica en faldita y con la boca pintada de rojo. Tan típico de Lala. Entonces Nicole nos presentó y me dijo que era su amiga de por ahí, de la vida, ya sabes, dijo y puso una cara de traviesa. Esa tarde nos pasamos horas conversando. Nicole y yo, porque Lala estuvo callada casi todo el rato. Después de un par de horas se marchó. Entonces recuerdo que dije que la tal Lala, además de perra, era medio oscura y Nicole no paró de reírse.
Luego pasó el tiempo y un día me contaste de ella, que Lala estaba buena, que era demasiado tonta, pero buena, que te había dicho para salir y otras cosas. Yo no te dije nada, ni siquiera que ya la había conocido dos años antes. No sé muy bien por qué lo hice. La cosa es que para aquella vez ella no se acordaba de mí, o eso creía al principio. Nos saludamos y en ningún momento dijo oye, te conozco, tú eras el enamorado de Niki, no, nada, sólo me miró y sonrió y todo empezó por ahí. Compramos chelas, conversamos mucho, tú parecías otro además, la angustia de antes se te había ido, estabas alegre y no dejabas de reírte. Lala también. Yo poco, pero luego, tras la quinta o sexta botella, comencé a bailar y gritar y decir que la vida era una mierda y cosas así. Como siempre hago. Ustedes me miraban y hacían lo mismo, riéndose mucho. Entonces todo fue rápido. Nos acabamos las chelas, Lala sacó un ron, y también lo terminamos. Ya estábamos medios locos cuando tú te quitaste el polo y dijiste bueno, acá tiene que pasar algo. Nadie respondió. Pero después Lala se paró y subió por las escaleras. Recuerdo que la vimos irse lentamente, tambaleándose, y que de pronto escuchamos un “suban” que nos iluminó las caras, ¿te acuerdas?, y una risa, la tuya, otra vez fuerte y socarrona. Subimos. Ella nos esperaba en la puerta, con una cara extraña, y comenzaste a besarla. Luego Lala me agarró la mano e hizo que le tocara las tetas, y luego las piernas, las caderas. Le quitamos la ropa. Nadie dijo nada. Todo esto tú ya lo sabes. Lo hablamos un día. Pero hay algo más.
Nosotros nos conocemos desde siempre, yo tenía siete y tú ocho cuando un día mi vieja me llevó a una fiesta de alguien que ya no recuerdo y te encontré, tenías la misma cara, los mismos gestos que ahora y yo me acerqué para preguntarte algo y tú volteaste y te reíste de mi ropa, así, fuerte y socarrón, como siempre, y yo no supe qué hacer. Pero a partir de ese día nos volvimos como hermanos, tu vieja empezó a llevarte a mi casa y te quedabas ahí todo el día, hacíamos mil cosas, y así pasaron los años. Por eso lo conozco todo, pero sólo ese día de agosto en que fuimos donde Lala creí ver algo más, sólo ese día, mientras mirabas aquella ventana en medio del frío, noté lo que te iba sucediendo, porque debes admitir que siempre fuiste de los que se callan, porque no te gusta que te vean mal, odias que te vean mal, es para ti como una norma y lo haces bien; pero esa tarde pude comprenderlo mejor: tu viejo, la vida que llevaste en el Norte antes de venir, tus abuelos, y también los golpes, las peleas, todo lo feo, más que nada lo feo. Son cosas de las que nunca hablaste hasta ese día, sin razón alguna ese día lo contaste, cierta parte al menos, pero yo ya sabía la historia completa por tu vieja, Rafael. Hace mucho tiempo, un día cualquiera, fui a buscarte a la casa, tenía trece o catorce, tu vieja abrió la puerta y me dijo que habías salido con una tía, o algo parecido, y estaba a punto de irme cuando ella me pidió hablarme de ciertas cosas. Así lo dijo: quiero hablarte de ciertas cosas, Juan, cosas importantes, ¿puedes quedarte un momento? Y yo la miré asustado, pero le respondí que sí, y ahí me contó todo. Lo horrible de la vida en Chiclayo, en tu casita cerca a la plaza, sobre las locuras y arrebatos de tu viejo, además de esa historia del caballo, Rafa, de cómo tu viejo un día estaba montando contigo atrás y empezó a ir más rápido, que no decía nada, simplemente aceleró demasiado el paso y eso te asustó, estaban en una pampa inmensa, no había nadie más y tu viejo iba cada vez más rápido y te pusiste a llorar fuerte, como nunca, pero él aún así siguió montando sin decir nada, sin escucharte, hasta que te caíste al suelo de costado, golpeándote el brazo derecho y las costillas, entonces él se bajó del caballo y te vio por un momento, observó cómo llorabas, tus gritos, pero parecía no importarle porque te volvió a subir, te puso atrás de nuevo y comenzaron a andar, sólo que ahora más rápido que antes, con más fuerza y violencia, y en unas de esas volteó para gritarte “como hombre, afronta las cosas como hombre” y no dejó de correr mientras tu brazo iba empeorando con las sacudidas. Ya en tu casa, más tarde, el dolor era demasiado intenso, tus viejos empezaron a pelear otra vez, a echarse la culpa de todo, como siempre. Al final tuvieron que enyesarte, nunca entendiste nada de lo que ocurrió, tu viejo era así, estaba loco y por eso se vinieron, alguien pudo salir realmente herido si no salían de ese lugar, Rafa.
Aquella vez tu vieja me contó esto y más, pero sobre todo quiso hablarme de ti, de que tenías algo y no sabía qué. Me pidió que viera por ti, ¿puedes creerlo? Fue hace como tres años. No sabía de lo que me estaba hablando, la escuché, sí, pero cómo iba yo a cuidarte, Rafael, ella era tu vieja, ella debía ver ese tipo de cosas, y entonces me confundió y no le hice caso. Le dije que tú eras un chico recontra alegre, normal, le hablé de tu risa, de las locuras que se te ocurrían siempre, y ella se quedó algo inquieta. No me importó, si me pides la verdad, y luego me fui. Pero esa tarde, en la esquina de Devaric, lo entendí todo: algo tenías, algo tienes aún, y nadie parece notarlo, a veces pienso que ni siquiera tú mismo.
Después de lo de Lala los tres terminamos mal, borrachos, pero sólo ustedes se quedaron dormidos, a mí me dolía el estómago y sólo pensaba en descansar en mi casa. Yo estaba a un extremo de la cama y tú al otro, Lala dormía de costado. Todo me daba vueltas, pero de pronto escucho tu voz, escucho que empiezas a decir palabras extrañas, con voz suave, como gimiendo, y que luego comenzaste a llorar, fue demasiado raro, te quejabas de cosas que yo no entendía y gemías de dolor. En ese momento no supe si despertarte o qué hacer, Lala estaba demasiado borracha como para darse cuenta, yo era en realidad el único que estaba ahí. Te vi mal, seguramente soñabas, pero era más que eso, era un trauma, algo angustiante que te venía de adentro. No te levanté, no me preguntes por qué. No lo hice simplemente, y en ese instante recordé la cara de tu vieja, todo eso que me contó aquella vez cuando yo tenía trece y sin creerle nada me fui olvidando del tema. A pesar de esto, cuando finalmente, luego de un buen rato, decidí levantarte, no te mencioné lo que había visto. Solamente nos fuimos de esa casa y en el camino ni hablamos. Me lo guardé hasta ahora, hasta hoy, que las cosas han cambiado tan rápido entre los dos. Ahora que te has marchado y ya no sé nada de ti.
No estoy seguro si después de aquel día donde Lala algo nos alejó. Fue muy extraño, es cierto, nunca habíamos hecho algo parecido, y los días siguientes nos vimos poco y hablamos menos. Pero una noche nos encontramos cerca a casa y conversamos. Dijiste que lo de Lala había estado bien, aunque no pensabas repetirlo. Fumábamos sentados en una de las veredas del parque, hacía frío, igual que ahora, y mirabas hacia adelante. No te entendía. Tú habías sido quien llamó, quien hizo que sucediera, Lala simplemente era así, como un objeto, pero tú lo armaste todo. Parecías arrepentirte y eso no encajaba contigo. Hablamos poco rato esa noche, de ahí me dijiste que debías volver. Después de unos meses te fuiste a Estados Unidos para hacer tu vida allá, estudiar, conseguir una chica linda que te quiera y cuide, y ser feliz, en parte. Con el tiempo no supe más de ti. Yo me enteré por tu vieja, es lo peor. Simplemente cambiaste de un momento a otro. Te alejaste.
Hace unos días me encontré con Los Desalmados de la nada, me preguntaron por ti y no supe qué decirles, entonces decidí escribirte esto. El mundo no es un pañuelo, Rafa, en algún lugar lo leí y creo que es cierto. El mundo a veces se parece a ti cuando escucho una risa fuerte, socarrona, que golpea, o también los domingos, que no hay nada qué hacer, salvo ver tele y escuchar música, siempre lo mismo, aunque ahora distinto, porque ya no somos niños, porque seguramente ahora debes tener una chica al lado que te quiere, y no sé si estarás estudiando, pienso que no. Pero quizás sí. Es raro. Yo he dejado de tener el pelo largo, ya no ando con Los Desalmados como antes, ni voy a Devaric. No hemos crecido demasiado, es lo más extraño. Muchas veces he pensado que no existes, que simplemente un día desapareciste de todo, que te esfumaste sin que nadie lo notara y que aquella vida que debes estar llevando en alguna parte del mundo es sólo una imaginación, algo que deseaste mientras tus viejos se peleaban y tú no tenías valor para gritar, para nada, porque sólo podías llorar en silencio, porque lo único que querías era no estar tan mal, después de todo.
Y eso, Rafa. El tiempo es horrible. No podemos hacer nada.

Felizmente es literatura y tu estas bien