tu cuerpo y mi cuerpo ya no existen
mi cuerpo y tu cuerpo ya no existen, exclamas, a lo lejos, en la habitación, tras el armario
en los pasadizos, en medio de las escaleras, donde otras veces, querida, preciosa, me has golpeado
dulcemente, querida, rabiosamente
donde otras veces te has agarrotado el cuerpo entre sonrisas
y me has dicho, también entre sonrisas, cariño, que nada podrá alejarnos del mar
que nada podrá salvarnos hacia el final de la Era, en aquel espacio sombrío en el que se ocultan
tu cuerpo y mi cuerpo extraños en la alcoba
sabiamente, preciosa, con la desesperanza que te remite a los años del terror
cuando tu padre y tu madre y tu hermano eran otros y no eran tuyos
porque todos ellos, los otros, tu familia, se habían alejado desde siempre
entre lo que imaginamos son el sueño y la desgracia, entre lo que pensamos
son los tiempos felices
lentamente, querida, con esa voz y esos ojos, exclamas
pegada en la pared, con los brazos tendidos, con la mirada siempre fija y tensa,
nos hemos quedado solos en este mundo
solos tú y yo y el mundo y sin palabra
porque recuerda, exclamas, querida, preciosa, en este preciso momento,
mientras permanezco de pie al lado de la puerta,
mientras me quedo sin lugar en medio de los sueños,
aturdido y siempre feliz, exclamas
tu cuerpo y mi cuerpo ya no son los mismos, han madurado
han crecido entre los golpes y las palabras no dichas
se han endurecido, cariño, recuerda, repites ahora, firme y débil
tú no solías acostarte sin mí
tú esperabas la hora nombrada para verme desnuda y decirme
amor, ¿qué está pasando con el mundo?, ¿qué está pasando para que
en una noche como ésta, amor, ya no existan los horrores y seamos simplemente
criaturas salvajes que no entienden nada
que nada comprenden de las cosas allá fuera?
exclamas, tiernamente, en medio de las escaleras grises
nos ha llegado el fin de esta Era, sonríes nerviosa, como temblando,
hemos dejado de vernos, cariño, el uno al otro en esta alcoba,
sobre estas sábanas inevitables que ya no insisten en tu nombre
ni el mío
hemos olvidado la palabra, nuestra palabra, querido, en las rupturas de los días insensatos
porque nada dices ya en aquel estúpido idioma que aprendí de mi madre,
lejana y perdida en la infancia
que aprendí de mi padre, aquel estúpido y tan absurdo idioma de la efe, cariño,
que te hice repetir una y otra vez por las tardes y por las noches
mientras intentabas esconder tu rostro con las manos
murmurando, al final, con la expresión traviesa, prefecifiofosafa, tímidamente
¿lo recuerdas?, exclamas ahora, en la habitación, tras el armario,
prefecifiofosafa, querido, y luego el silencio
y yo te decía, recostada bajo las sábanas, muy cerca al oído
lofos tifiefempofos fefelificefes
fefelificefes, repetía, con una sonrisa inevitable, fefelificefes
mientras cerrabas los ojos y todo me parecía entonces
un lugar sin superficies ni matices
en tu cuerpo
entre tu cuerpo.

Todo un don juan, Juan.