No cesaremos de explorar,
y el final de toda nuestra exploración
será llegar a donde empezamos
y descubrir el lugar por primera vez.
T. S. Eliot
Que los que te hicieron daño se desintegren
Iba por comida. Siempre es así. Camino por la calle, observo a la gente y almuerzo. Normalmente, nadie advierte mi presencia. A pesar del tamaño y el color que tengo, pocos parecen ser los que me notan. Siempre es así. Es algo que, por lo general, me gusta, que me hace sentir bien.
Además que es cómodo. Los días que Tati no está en casa, suelo salir a comer. Entonces todo se vuelve predecible, rutinario; camino, observo a las personas, los pocos carros que pasan por el lugar, hasta que finalmente llego y me encuentro con el plato enorme. No estoy muy seguro, sin embargo, cuándo empecé a hacerlo. Recuerdo solamente que una vez Tati me cogió muy suave de las orejas, que las acarició con ternura, y dijo: hoy tienes que ir donde Tía Yolanda, escúchame bien lo que te digo, Bossa, tienes que andar tres cuadras arriba, pasar por la casa de Yulino Ávila, y en la puerta verde, donde otras veces me has acompañado, te quedas quieto, ahí estará ella con tu comida, hoy será así, no habrá nadie en casa, Bossa, me entiendes, ¿no, Bossa? Tati me dio un beso muy grande y muy largo cerca de los ojos y se fue. Ese día todos salieron y no regresaron hasta la noche. Entonces, tal como dijo Tati, salí a buscar a Tía Yolanda; en esa época no estaba muy seguro de quién era Tía Yolanda, pero perderme no era, ni es, uno de mis defectos. Caminé, por lo tanto, pasé la puerta de Yulino Ávila y me encontré con un plato de comida. Huesos, algo de carne, y una masa que nunca logré identificar.
Siempre es así. Sale Tati, sale Carito, sale Corbata Azul, sale Dianita, y yo me quedo solo en casa con Ximena. O me quedaba solo en casa con Ximena. Ximena era una gata persa que se pasaba todos los días durmiendo en la sala, no molestaba a nadie, ni siquiera a mí, era un trato que establecimos el primer día que nos conocimos. Aquella vez fue así: Dianita llegó con una caja pequeña, en la cual se observaban algunos agujeros y figuritas extrañas de colores, me llamó desde la puerta y, con tono conciliador, anunció que había traído a una nueva amiga. Se llama Ximena, dijo, tienes que quererla, respetarla y, sobre todo, cuidar de ella siempre. Después abrió la caja y apareció. Era una cosa excesivamente peluda, de color crema, cuyos ojos en principio no pude distinguir. Ximena salió tímida del escondite y echó una mirada indiferente al lugar. Así era ella: arrojaba una mirada, a veces ruda, a veces simplemente fría, calculaba sus posibilidades sobre peligros o amenazas y, finalmente, si lo requería, se ponía en guardia. Pero, aquella vez, sin tiempo a mucho, Dianita la levantó con los brazos y le dijo: y él se llama Bossa, es bueno, te cuidará… la cuidarás, ¿no, Bossa? Yo estaba un poco aturdido. La actitud de Ximena me había hecho pensar, pero, por encima de esto, lo que más me había confundido era el pelo de Ximena, los ojos secretos de Ximena, el color de Ximena. Lancé una mirada tranquila, fingiendo mi turbación, y salí al patio.
A las horas me la encontré en la sala, lamiéndose las patas. Ximena me vio y dijo: mira, eres grande, no quiero problemas. Me acerqué lentamente, la observé bien, y respondí: mi zona es de la cocina al patio, todo el patio, incluyendo la pileta con agua y la mesa de madera, puedes quedarte con la sala. Ximena entonces me miró por largo rato detrás de todo ese pelo, al final dijo: está bien, la sala es mía.
Siempre fue así. Me refiero a que Ximena jamás hacía nada. No comía y dormía bastante. Jugaba muy poco. Era gorda. Con el tiempo implantamos ciertas reglas y, obviamente, también cierto afecto. Pero desde aquel día en el que Dianita la llevó a la casa me puse a pensar en ella como una gata extraña, especial, también había notado que escondía algo, algo que yo consideré demasiado oscuro y horrible de lo cual, imaginaba, le era imposible desligarse. Muchas veces me dedicaba a observarla en silencio, desde el patio. Ximena era una gata triste. Triste y misteriosa.
Pero entonces sucedió.
Que los que te hicieron daño se desintegren, se mueran, desangren, congelen, se hundan, ahoguen, se mueran, gritó histérica y desesperada Dianita. Ese día todos habían salido y Tati, como siempre, me había dicho que debía ir donde Tía Yolanda. Ximena nunca era problema: inexplicablemente sólo comía de noche. Además, detestaba los platos de casa, apenas podía, y esto por una cuestión ya de supervivencia, con la comida para gatos. Por lo que a mí respecta, desde el inicio Tati comprendió que mi dieta no podían ser sólo galletas. Tati sabía que las odiaba, que las odio, que puedo vivir un día con ellas, que puedo comerlas excepcionalmente, pero no más. Decía entonces que aquel día yo había ido donde Tía Yolanda y había dejado a Ximena, como siempre, durmiendo en la sala. Nada fuera de lo normal. Tía Yolanda me recibió alegre, contenta de verme y, tras algunas caricias, me sirvió el plato.
Entonces comí, tomé agua, comí de nuevo, observé detenidamente el lugar, respiré hondo y seguí comiendo. No pensaba en nada. Cuando acabé, Tía Yolanda me dijo que tuviera cuidado al regresar, que las calles estaban demasiado peligrosas, que había muchos perros malos por ahí y otras cosas más. Nada fuera de lo normal. Tía Yolanda era así. Nunca entendí por qué no me acompañaba de vuelta. Las cosas simplemente funcionaban de esa manera, supongo. Tía Yolanda me daba la comida y después yo me iba, contento, repleto, con sueño. Lo de siempre. Aquella vez, sin embargo, luego de comer, llegué a casa, entré por la puerta trasera, me estiré un poco en el patio, di un par de vueltas y, de pronto, la encontré.
Ximena estaba en la sala, llena de sangre. No respiraba.
Abandono
Papá:
Ayer mataron a Ximena. No sabemos por qué. No sabemos quién. Fue horrible. Mamá nos había llevado donde la abuela y cuando volvimos el suelo estaba con manchas de sangre. Bossa ladraba como loco, estaba muy asustado. Luego de un rato, Corbata Azul intentó consolarnos, pero me sentía muy mal, terriblemente mal. ¿Quién es capaz de matar a una gata, papá? No lo entiendo. Ahora mamá ha ido a la casa de Tía Yolanda para averiguar algo. Todavía no regresa.
También está lo de ese paquete horrible que apareció justo después. Pero mejor no te hablo de eso ahora.
Prefiero escribirte acerca de lo que la abuela contó ayer y que me ha dejado pensando. La abuela dijo que tenías una mujer, que hace no mucho ella te vio con una chica delgada, bonita, la abuela dijo también que se parecía a mamá cuando era joven. Sólo dime si es verdad. No creo que esté mal. De hecho, me alegraría por ti. Ya sabes que siempre hemos estado muy preocupadas. Sobre todo después de ese incidente en el que casi te matan. Qué horrible. ¿Por qué tienes que meterte en problemas? El otro día mamá nos contó que cuando eran novios te peleaste una noche con un sujeto que estaba armado, que por eso llevas esa enorme marca en el pecho, que jamás has podido controlarte. ¿Por qué, papá?
Sé que Corbata Azul y tú no se llevan. Sé que piensas que él ha arruinado tu vida. Sé todo esto. Ya no soy una niña. Pero ahora tenemos muchas ganas de verte. Nos encantaría que vinieras a casa, papá. Estos últimos días he sentido que algo malo va a pasar. Y con lo que sucedió ayer con Ximena como que todos estamos aquí muy nerviosos, incluido Corbata Azul (hoy, por ejemplo, lo encontré llorando en el baño). Es un presentimiento, creo. No lo sé, sólo quiero verte. Respóndeme, ¿si?
Te extraño,
Dianita
Sueños
La muerte de Ximena marcó un antes y un después en la casa. No estoy muy seguro por qué. Son una de esas cosas que suceden y, sin presentirlo, cambian algo. Pero no fue sólo eso. Desde ese día empezaron a ocurrir ciertos hechos extraños. Primero la aparición de ese asqueroso paquete. Luego lo de Tía Yolanda. Después las chicas, que empezaron a llorar por las noches, quedándose mudas y aterradas, a causa de las pesadillas. Todo esto comenzó a alterarnos a todos. Además está lo otro.
Nunca he hablado de esto. Desde que empezó a ocurrirme he considerado que tiene muy poca importancia. Todavía lo creo. Pero quizá, pienso ahora, sí tenga alguna relación con lo que sucedió. Luego de la muerte de Ximena volvieron a aparecer ciertos sueños que de niño me perturbaron. Pesadillas cortas, fuertes, terribles. Sobre todo eran dos. En uno aparecía yo en la playa, estaba rodeado de gente conocida y me sentía en paz, incluso feliz, en aquel lugar, pero de un momento a otro el ambiente cambiaba, como suele ocurrir en los sueños, y todo se volvía violento, cruel, duro y yo me quedaba entonces solo, completamente solo, en medio del inmenso mar, con olas gigantescas que me arrastraban hacia adentro, intentaba luchar por permanecer en superficie, pero era incapaz de moverme, estaba paralizado, quieto y sin fuerzas, mirando ese mar frenético, esas olas horribles y sin poder hacer nada; luego despertaba. En el otro me veía yo en un cuarto oscuro, excepto por una luz roja que parpadeaba en el fondo, estaba solo de nuevo, y todo me parecía demasiado lejano y extraño; de pronto, un hombre, o la imagen de un hombre, aparecía al lado de esa luz simulando no verme, el hombre estaba concentrado en algo que tenía entre las manos, un objeto pequeño, redondo, pero en eso yo siempre hacía algún ruido, un sonido involuntario, y esta persona me veía, notaba mi presencia y no dejaba de observarme con atención, tenía los ojos negros y los rasgos muy difusos, un cuerpo inmenso, delgado y la cabeza bastante pequeña; entonces algo me atraía hacia él, una fuerza que no podía controlar me aproximaba sobre ese hombre que reía maliciosamente, advirtiendo mi espanto; después de unos instantes, despertaba, casi siempre sudando.
Todo fue de inmediato. Las muertes de Ximena y Tía Yolanda, las pesadillas de las chicas, las mías, el paquete asqueroso. Todo. Carito no sabía qué hacer. Yo tampoco. Sin darnos cuenta la casa adoptó un aire oscuro, sombrío, casi como vivir en un lugar que no te pertenece. Luego apareció él.
El horror
Corbata Azul tiene sus manos sobre el rostro de Dianita. Dianita llora. Tati se encuentra al lado, Tati también está llorando. A unos metros es posible observar el cuerpo ensangrentado de Ximena, tendido sobre el suelo, irreconocible. Carito tiene los brazos extendidos hacia Bossa, lo acaricia. Bossa ladra frenético.
Corbata Azul ahora se levanta y se dirige hacia Carito. Le dice: ven, tenemos que hablar. Carito no lo mira, pero lo sigue. Las chicas se quedan en la sala, sin poder observar directamente a Ximena. Afuera llueve.
Carito suspira dos veces. Corbata Azul coge el paquete de cigarros y enciende uno. Aspira con lentitud. Corbata Azul mira inquisitivamente a Carito y no deja de mirarla durante varios minutos. Carito dice: no puedo creerlo, ¿por qué? Corbata Azul, luego de fumar, responde serio: no lo sé, pero no puedes ponerte así delante de las chicas, ¿entiendes?, debes mantenerte fuerte, ellas tienen que sentirse protegidas, creo que tu actitud no ayuda en nada. Carito mira hacia abajo. Afuera sigue lloviendo.
Tati aparece en medio de ambos y dice con un tono muy bajo: mamá, tenemos que saber qué ha pasado, esto no es normal, nadie entra a la casa de otra persona sólo para matar a una gata, esto es perverso, mamá. Corbata Azul la observa y piensa en que Tati ha dejado de ser una niña. En rigor, piensa ahora Corbata Azul, nunca la conoció cuando era niña, pero de hecho que ha cambiado, después de un par de años ha tenido que cambiar, piensa. Carito responde, algo aturdida: ¿qué sabes de tu papá, Tati? ¿Qué?, pregunta ella alzando la voz, ¿qué estás diciendo? Entonces interviene Corbata Azul: nada, Tati, olvídalo, tu mamá está un poco nerviosa, es todo.
Afuera está lloviendo. Bossa sale al patio. Bossa vuelve a ladrar.
Desde la cocina, Corbata Azul, Carito y Tati escuchan un grito.
Al llegar al patio observan cómo Dianita se aproxima hacia el suelo e intenta coger un paquete negro, de cartón, que acaba de aparecer en la puerta trasera de la casa. Dianita vuelve a gritar. Entonces Corbata Azul se acerca y lo ve: una cosa blanca, llena de sangre, inmóvil; Corbata Azul, luego de un instante, se da cuenta de lo que es. Bossa no deja de ladrar.
Aléjate, le dice Corbata Azul a Carito, llévate a las chicas. Alza el paquete, lo observa bien. Mueve el cuerpo muerto de un gato, de otro gato, uno más grande, blanco, lo coloca en el jardín y advierte recién las fotos. Pasan unos minutos hasta que Corbata Azul se estremece. Son fotos de Carito, fotos de Tati, de Dianita, fotos de él caminando en la calle, de Bossa comiendo al lado de Tía Yolanda, fotos de los cuatro almorzando donde la abuela. Corbata Azul siente un dolor agudo en el estómago, las piernas le tiemblan, empieza a sudar.
Pasan los minutos, afuera llueve con fuerza y Corbata Azul sigue de pie con las imágenes en sus manos.
Desde las estrellas
Papá:
Dianita me contó que te escribió. Supongo que ya sabes lo de Ximena. No te imaginas lo espantoso que fue todo eso. Desde aquel día mamá ha estado bastante rara. Habla poco, come menos y casi no la veo. Es muy extraño. Corbata Azul intenta hacernos olvidar, pero es imposible. Además, el asunto del paquete con las fotos nos ha dejado demasiado nerviosas. No estoy muy segura si por eso mamá está como está. Tal vez es por Corbata Azul. No lo sé. Él es bueno, siempre lo ha sido, pero desde que te fuiste me da la sensación de que algo raro esconde. Es una impresión. Tampoco quiero que te asustes. Estos últimos días él nos ha atendido como nadie y creo que eso tengo que valorarlo.
No sé si Dianita te contó, pero Tía Yolanda murió hace unos días. Parece que le dio un infarto. Mamá no nos ha querido explicar bien. A veces no la entiendo. En un momento puede estar fuerte, rígida, estable, pero de la nada se pone a llorar, a gritar, o simplemente, se queda muda, como inconsciente. Creo que desde hace tiempo no anda muy bien. Y de eso precisamente quería hablarte. Deberías volver. No sabemos nada de ti. No respondes las cartas, no llamas. ¿Pasa algo? ¿Te ha ocurrido algo? Quizá prefieras decírmelo a mí y no a Dianita. Ya sabes cómo es ella de frágil, cualquier detalle la afecta. Es igual que mamá, creo. Dime qué sucede. Necesito saber de ti.
Anoche, antes de dormir, me puse a recordar cómo era antes de que todo cambiara para ustedes. Me refiero a cuando vivías con nosotras, cuando tú y mamá aún se querían y las cosas no estaban como ahora. Entonces me acordé de aquella noche en la casa de playa, ¿lo recuerdas? Yo estaba durmiendo, era un día antes de año nuevo, y me despertaste. Por ese tiempo tenía diez años y me encantaba estar a tu lado. Me encantaba caminar contigo, seguirte, a veces incluso te imitaba. Junto a ti me sentía protegida, algo que no ha vuelto a suceder desde aquella época. Te decía entonces que esa noche me levantaste porque no podías dormir. No puedo dormir, me susurraste al oído para no despertar a nadie, me puse a mirar el cielo y no sabes lo que vi, dijiste. Recuerdo que después te quedaste en silencio un buen rato mientras mirabas hacia afuera, como perdido, o buscando algo quizá, pero luego me tomaste de la mano, lentamente, y salimos juntos. Nos sentamos en la arena, uno al lado del otro. Te vi a ti, murmuraste observando de nuevo hacia el cielo, vi cómo las estrellas se agrupaban para formar tu rostro, tus ojos, tus labios e imaginé que vivíamos allá arriba, junto a ellas, y que nos sentíamos libres, felices. Eso dijiste aquella vez, papá. Entonces recuerdo que sentí algo muy extraño. Sentí que tú y yo en verdad habíamos viajado al cielo y que conversábamos desde las estrellas. Fue raro. Creo que nunca te lo comenté.
Ayer pensé en esto y te extrañé. ¿Qué estás haciendo, papá? ¿Por qué no vuelves? Ahora sólo quiero que recuerdes esa noche en la playa. Acuérdate de cómo eran las cosas en ese momento. Después me respondes.
Te quiero,
Tati
No sé de qué estás hablando
Al día siguiente Carito fue donde Tía Yolanda. Le preguntó por Bossa, si había pasado algo extraño mientras comía, también por personas fuera de lo común cerca de la casa. ¿No?, dijo Carito, ¿no viste nada? No, respondió Tía Yolanda, nada, ¿por qué?, ¿ha pasado algo con Bossa? Con él no, pero sí con Ximena, alguien entró a la casa, Tía, dijo Carito, y la mató, no entendemos por qué. Entonces Tía Yolanda se persignó, miró al cielo y dijo: pobre gata, ¿has pensado en hacer la denuncia?, tienes que hacerla, Carito. Sí, no sé, estoy muy nerviosa, y luego también lo de las fotos, el otro gato muerto en la puerta, no sé, Tía, ha sido todo tan extraño.
Carito volvió a la casa más nerviosa, más confundida que antes. Algo en ella empezaba a quebrarse, pero aún no era consciente de ello. Cuando Dianita le preguntó por Tía Yolanda, no supo qué responderle. Dijo, finalmente: la noticia le cayó muy mal, dice que hagamos una denuncia, tiene razón, no sabemos lo que puede ocurrir. Dianita la miró con temor: le he escrito a papá, tal vez pueda venir luego de lo que ha pasado. Carito en ese momento sintió una sensación muy parecida al pánico. ¿A tu papá?, preguntó, pero ¿él que tiene que ver en esto? Dianita le lanzó una mirada ofensiva.
Salió de la sala sin decir nada.
Dianita tenía doce años cuando su papá se marchó. Aún recuerda los detalles, todos los gritos, los golpes, la desesperación. Recuerda cómo su papá, enloquecido, agarró a Corbata Azul del cuello, amenazándole con el puño, mientras Carito le gritaba desesperada que por favor lo soltara, que él no tenía la culpa de nada. Recuerda Dianita: pensaba matarlo, papá siempre ha sido demasiado violento, entonces lo arrinconó contra la pared, golpeándolo en el estómago hasta dejarlo inconsciente, él creía que nadie podía verlo, papá imaginaba que Tati y yo estábamos donde la abuela, pero lo vimos, lo vimos todo, sus ojos rojos, sus manos sucias, agotadas, su odio, no sé por qué, recuerda Dianita, no hicimos nada, simplemente nos quedamos ahí, detrás de la puerta, sintiendo un terror indescriptible, terror de mamá, de nosotras mismas, el miedo nos paralizó, y en esos instantes sólo pude taparme la cara, papá era otro, hablaba distinto, algo en él había cambiado. Después de esto se marchó, lo último que supimos fue por teléfono. Tati, aquella vez, llena de cólera y desesperación, le dijo que lo odiaba, que no volviera más a la casa, que jamás lo perdonaría, le gritó; y él, casi riendo, respondió con voz cínica: no sé de qué estás hablando, cariño, ¿por qué me hablas así? Dianita recuerda que Tati colgó y se puso a llorar, rabiosamente.
Luego de ese día ninguno habló del incidente. Se convirtió en una de esas cosas que todos prefieren olvidar y hacer como si nunca hubiese sucedido. Carito, pasados algunos unos meses, le pidió a Corbata Azul que se mudara con ellas, se sentía demasiado sola, a pesar de las chicas. Con el tiempo, todos olvidaron lo ocurrido; en el caso de Tati y Dianita, sin embargo, los hechos adoptaron una forma distinta: papá se volvió en algo así como una víctima, alguien que en realidad no estaba, pero en quien pensaban siempre, alguien que podía aparecer sin previo aviso. Su ausencia provocó en ellas una sensación de necesidad.
Dos
Papá:
Tengo miedo. No sé si llegue a enviarte esta carta. Sólo tuve la necesidad de escribir, no sé por qué, quizá para sentirte más cerca, no lo sé. Ayer volví a encontrar a Corbata Azul llorando en el baño. Siempre es por las mañanas. Es como si tuviera pesadillas, o algo así. Mamá me ha dicho que tiene problemas para dormir, que desde niño los ha tenido, pero nunca le gusta hablar de eso. Corbata Azul es raro. En realidad yo tampoco he estado durmiendo bien desde lo de Ximena y las otras cosas que han sucedido, ¿te he contado sobre esto? No me acuerdo. Lo que ocurre es que tengo sueños extraños. En muchos de ellos apareces tú. O sea, eres tú, sé que eres tú, pero tienes otra cara, otro aspecto. Y me hablas, me dices que debo portarme bien, que todavía no estoy para tener novios, aunque yo ya tenga catorce, y luego me llevas a una playa, hace sol y me siento bien a tu lado, pero de pronto las cosas cambian, ya no te veo, noto que el mar empieza a llevarme, con unas olas inmensas me jala y no sé que hacer, me quedo tiesa, sin poder verte, eso es lo que más me aterra, que me dejas, que otra vez me abandonas. Casi todas las noches sueño esto, papá. No sé por qué.
Espero verte pronto. Un beso.
Dianita
Papá:
Han pasado más de dos semanas y no he recibido ninguna respuesta. ¿Por qué eres así? Durante dos años te hemos escrito y tú sólo has respondido la primera carta, diciendo todavía que no nos preocupáramos, que estabas bien, que mejor dejáramos de buscarte. Luego de tanto tiempo dudo que estés bien. No te pediría esto si fuera otro momento, pero en verdad te necesitamos ahora. Están sucediendo cosas raras y cada vez mamá está peor. Ya te he dicho que no come ni quiere hablar. Corbata Azul tampoco parece ayudar. Siento que todo se está saliendo de control. Además he estado teniendo una serie de pesadillas. Veo a una persona inmensa, delgada, en medio de la oscuridad, y siento que quiere hacerme daño, que se ríe de mí y no puedo hacer nada, no puedo moverme, nada. Me desespera.
En fin, responde rápido. Te necesitamos.
Tati
Volver
Bossa está echado en el patio. Tiene las orejas caídas, el hocico sobre el suelo y los ojos cerrados. Respira pausadamente.
Empieza a anochecer cuando tocan la puerta. En la casa sólo están Tati y Dianita. Vuelven a tocar. Dianita escucha que Bossa ladra fuerte, se levanta de la cama y baja. Tati la sigue. Bossa está ladrando violentamente al lado de la puerta. Dianita intenta calmarlo. Luego abre.
Tati pregunta: ¿quién es, Dianita? Dianita no responde. Tati se acerca y entonces lo ve.
He venido por ustedes, dice. Dianita y Tati no saben qué decir, están llorando y no saben si abrazarlo; pese a todo, lo ven como a un extraño. Niñas, quiero que vengan conmigo, vuelve a decir. Ellas lo miran en silencio, aturdidas. Bossa no deja de ladrar. ¿De qué estás hablando?, pregunta por fin Tati. Hablo de llevármelas, ahora sí puedo estar con ustedes, ya pasó todo. ¿Qué?, dice Dianita. Cariño, sé que no me he comportado bien, pero en ningún momento dejaron de importarme, jamás, y ahora quiero que vengan conmigo, dice. ¿A dónde?, pregunta Tati. Háganme caso, dice él. No entiendo, ¿por qué ahora?, ¿por qué después de tanto tiempo?, ¿dónde has estado?, pregunta confundida. Entonces aparecen Carito y Corbata Azul por la puerta.
Bossa no ha dejado de ladrar ni un instante.
Carito le dice a Corbata Azul: tengo que hablar con él, llévate a las chicas a otra parte, fuera de la casa, lejos. Corbata Azul no dice nada, pero asiente. Corbata Azul se las lleva con dificultad, a la fuerza.
¿Qué haces acá?, dice Carito tras cerrar la puerta. Vengo a llevármelas, ellas no pueden vivir con ese sujeto, dice, ya me he enterado de todas las cosas que han sucedido y no voy a permitir que las niñas sigan sufriendo. ¿Qué?, dice Carito, ¿que no vas a permitir que sigan sufriendo?, si fuiste tú quien empezó con todo, ellas jamás te van a perdonar lo que hiciste. Y yo jamás te voy a perdonar lo que tú me hiciste, dice, estoy seguro que ellas no saben nada de eso, ¿no?, piensan que ese tipo en verdad las quiere, ¿acaso no sabes que fue él quien mató a la gata, no sabes que fue él quien puso ese paquete en la puerta?, ¿no lo sabes, acaso? Carito se queda en silencio, lo mira. En la sala, Bossa continúa ladrando.
No, fuiste tú, grita ahora Carito, siempre fuiste tú. Ese sujeto no es un santo, dice él, y por eso me las llevo, no pueden seguir viviendo en esta casa. Carito está llorando, no deja de repetir, desorientada: fuiste tú, siempre fuiste tú. Se tapa el rostro con ambas manos, empieza a gritar. Él está cerca a la entrada, no responde.
Carito se echa en el mueble, no deja de gritar. Él no la entiende, se acerca, sonríe con ironía, luego dice: me las voy a llevar, contigo o sin ti.
Todo se calma. Bossa empieza a caminar, tímido, sin hacer ruido.
La casa y el silencio
Carito parecía enferma. Se había recostado sobre el mueble, tapándose los oídos, nunca la había visto así. Estás mal, le decía él, sabes que no puedes con esto… ya todo se acabó. Pero ella mantenía la misma posición, intenté acercarme, colocar mi cabeza entre sus piernas, que me notara. Percibí un olor extraño en su cuerpo, un olor nuevo, distinto, que me hizo estremecer en el momento en que subí al mueble para sentirla más cerca, para estar junto a ella. No hay nada que puedas hacer, dijo entonces él, siempre has sido débil, Carolina, siempre, y eso te ha arruinado, tus miedos te han arruinado, tu cobardía, porque sabes que no soportas estar sola, lo odias, te aterra la idea de tener que enfrentarte a ti misma, de no poder apoyarte en nadie, por eso has cometido tantos errores, por eso ese sujeto ha terminado en esta casa, arruinándolo todo, Carolina, la familia, nuestras niñas, todo… pero ahora las cosas serán distintas.
La sala empezaba a sentirse demasiado sombría y asfixiante. Yo no sabía qué hacer, intentaba reanimar a Carito, pero ella continuaba echada, con el rostro contra el mueble, sin moverse. Por un momento creí que se había quedado dormida, que no escuchaba nada, pero de pronto levantó ligeramente la cabeza, como si se despertara de un sueño, y lo vio allí, cerca de donde se encontraba. Por favor, cállate, cállate, le dijo con una voz muy suave, muy baja, cállate de una vez, le repitió. Me las voy a llevar, dijo él, no me iré de aquí hasta llevármelas, y luego enmudeció.
Las chicas no iban a tardar en regresar junto a Corbata Azul. Él se colocó al lado de la ventana para esperarlas, sereno. Entonces empecé a sentir cómo todo cambiaba repentinamente, la casa, Carito, las chicas que no estaban; nada iba a ser igual. Moví la cabeza para mirarla bien, los ojos cerrados, su respiración lenta, intenté sacudirla un poco, pero no reaccionó. Sin esperanzas, amargo como nunca, suspiré largamente, comenzando a andar hacia el patio.
Corbata Azul
Me invitó a almorzar con ellas a un lugar muy lejano, al cual nunca más fuimos, era una especie de restaurante campestre casi deshabitado. Ambas sonrieron al verme, Carito les dijo que yo era un amigo del trabajo, que teníamos una reunión, pero a ellas no pareció importarles demasiado. Lo único que dijeron fue: hola, bonita tu corbata. Después de ese día comencé a aparecer más seguido en la casa, cuando no había nadie, me quedaba ahí un buen rato y luego, al momento en que ellas llegaban, yo me marchaba. Siempre decían al verme: hola, Corbata Azul.
Desde los trece años que no pensaba en esos sueños raros que tenía. Pero la primera vez que lo vi algo sucedió. Es del trabajo, le dijo Carito, hemos tenido que hacer un par de cosas en la casa. Él no respondió, sólo me estrechó la mano, mirándome directamente a los ojos. Toda la escena me puso nervioso, su expresión dura, la actitud violenta. Esa noche volví a tener aquel sueño en el que un sujeto se ríe delante de mí en la oscuridad, esa escena horrible en donde sólo veo una luz roja y una imagen difusa de una persona que me atrae hacia él. Nunca le tomé importancia a nada de esto. Pero aquella noche, sin saber exactamente por qué, no pude dormir. Tenía la luz prendida y sudaba demasiado. Sentía que alguien me veía, alguien inmenso, delgado, con rostro pequeño. En ese momento sólo pude tomar agua, respirar hondo y cerrar los ojos.

la verdad es que te robaste mi frase, nunca te la presté
sé que no me contestarás, así que escribo lo que quiero (:
por qué me odiarás?
bueno, no es mi culpa que tu blog esté en mi pestaña de búsqueda
chai
Cada cuanto tiempo escribes en tu blog??? 4 veces al año??? ayyyy siempre pasa lo mismo, una vez que estan “enamorados” los perdemos ashhhhh!!!!!!!!