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No cesaremos de explorar,

y el final de toda nuestra exploración

será llegar a donde empezamos

y descubrir el lugar por primera vez.

T. S. Eliot

 

 

Que los que te hicieron daño se desintegren

Iba por comida. Siempre es así. Camino por la calle, observo a la gente y almuerzo. Normalmente, nadie advierte mi presencia. A pesar del tamaño y el color que tengo, pocos parecen ser los que me notan. Siempre es así. Es algo que, por lo general, me gusta, que me hace sentir bien.

Además que es cómodo. Los días que Tati no está en casa, suelo salir a comer. Entonces todo se vuelve predecible, rutinario; camino, observo a las personas, los pocos carros que pasan por el lugar, hasta que finalmente llego y me encuentro con el plato enorme. No estoy muy seguro, sin embargo, cuándo empecé a hacerlo. Recuerdo solamente que una vez Tati me cogió muy suave de las orejas, que las acarició con ternura, y dijo: hoy tienes que ir donde Tía Yolanda, escúchame bien lo que te digo, Bossa, tienes que andar tres cuadras arriba, pasar por la casa de Yulino Ávila, y en la puerta verde, donde otras veces me has acompañado, te quedas quieto, ahí estará ella con tu comida, hoy será así, no habrá nadie en casa, Bossa, me entiendes, ¿no, Bossa? Tati me dio un beso muy grande y muy largo cerca de los ojos y se fue. Ese día todos salieron y no regresaron hasta la noche. Entonces, tal como dijo Tati, salí a buscar a Tía Yolanda; en esa época no estaba muy seguro de quién era Tía Yolanda, pero perderme no era, ni es, uno de mis defectos. Caminé, por lo tanto, pasé la puerta de Yulino Ávila y me encontré con un plato de comida. Huesos, algo de carne, y una masa que nunca logré identificar.

Siempre es así. Sale Tati, sale Carito, sale Corbata Azul, sale Dianita, y yo me quedo solo en casa con Ximena. O me quedaba solo en casa con Ximena. Ximena era una gata persa que se pasaba todos los días durmiendo en la sala, no molestaba a nadie, ni siquiera a mí, era un trato que establecimos el primer día que nos conocimos. Aquella vez fue así: Dianita llegó con una caja pequeña, en la cual se observaban algunos agujeros y figuritas extrañas de colores, me llamó desde la puerta y, con tono conciliador, anunció que había traído a una nueva amiga. Se llama Ximena, dijo, tienes que quererla, respetarla y, sobre todo, cuidar de ella siempre. Después abrió la caja y apareció. Era una cosa excesivamente peluda, de color crema, cuyos ojos en principio no pude distinguir. Ximena salió tímida del escondite y echó una mirada indiferente al lugar. Así era ella: arrojaba una mirada, a veces ruda, a veces simplemente fría, calculaba sus posibilidades sobre peligros o amenazas y, finalmente, si lo requería, se ponía en guardia. Pero, aquella vez, sin tiempo a mucho, Dianita la levantó con los brazos y le dijo: y él se llama Bossa, es bueno, te cuidará… la cuidarás, ¿no, Bossa? Yo estaba un poco aturdido. La actitud de Ximena me había hecho pensar, pero, por encima de esto, lo que más me había confundido era el pelo de Ximena, los ojos secretos de Ximena, el color de Ximena. Lancé una mirada tranquila, fingiendo mi turbación, y salí al patio.

A las horas me la encontré en la sala, lamiéndose las patas. Ximena me vio y dijo: mira, eres grande, no quiero problemas. Me acerqué lentamente, la observé bien, y respondí: mi zona es de la cocina al patio, todo el patio, incluyendo la pileta con agua y la mesa de madera, puedes quedarte con la sala. Ximena entonces me miró por largo rato detrás de todo ese pelo, al final dijo: está bien, la sala es mía.

Siempre fue así. Me refiero a que Ximena jamás hacía nada. No comía y dormía bastante. Jugaba muy poco. Era gorda. Con el tiempo implantamos ciertas reglas y, obviamente, también cierto afecto. Pero desde aquel día en el que Dianita la llevó a la casa me puse a pensar en ella como una gata extraña, especial, también había notado que escondía algo, algo que yo consideré demasiado oscuro y horrible de lo cual, imaginaba, le era imposible desligarse. Muchas veces me dedicaba a observarla en silencio, desde el patio. Ximena era una gata triste. Triste y misteriosa.

Pero entonces sucedió.

Que los que te hicieron daño se desintegren, se mueran, desangren, congelen, se hundan, ahoguen, se mueran, gritó histérica y desesperada Dianita. Ese día todos habían salido y Tati, como siempre, me había dicho que debía ir donde Tía Yolanda. Ximena nunca era problema: inexplicablemente sólo comía de noche. Además, detestaba los platos de casa, apenas podía, y esto por una cuestión ya de supervivencia, con la comida para gatos. Por lo que a mí respecta, desde el inicio Tati comprendió que mi dieta no podían ser sólo galletas. Tati sabía que las odiaba, que las odio, que puedo vivir un día con ellas, que puedo comerlas excepcionalmente, pero no más. Decía entonces que aquel día yo había ido donde Tía Yolanda y había dejado a Ximena, como siempre, durmiendo en la sala. Nada fuera de lo normal. Tía Yolanda me recibió alegre, contenta de verme y, tras algunas caricias, me sirvió el plato.

Entonces comí, tomé agua, comí de nuevo, observé detenidamente el lugar, respiré hondo y seguí comiendo. No pensaba en nada. Cuando acabé, Tía Yolanda me dijo que tuviera cuidado al regresar, que las calles estaban demasiado peligrosas, que había muchos perros malos por ahí y otras cosas más. Nada fuera de lo normal. Tía Yolanda era así. Nunca entendí por qué no me acompañaba de vuelta. Las cosas simplemente funcionaban de esa manera, supongo. Tía Yolanda me daba la comida y después yo me iba, contento, repleto, con sueño. Lo de siempre. Aquella vez, sin embargo, luego de comer, llegué a casa, entré por la puerta trasera, me estiré un poco en el patio, di un par de vueltas y, de pronto, la encontré.

Ximena estaba en la sala, llena de sangre. No respiraba.

 

Abandono

Papá:

Ayer mataron a Ximena. No sabemos por qué. No sabemos quién. Fue horrible. Mamá nos había llevado donde la abuela y cuando volvimos el suelo estaba con manchas de sangre. Bossa ladraba como loco, estaba muy asustado. Luego de un rato, Corbata Azul intentó consolarnos, pero me sentía muy mal, terriblemente mal. ¿Quién es capaz de matar a una gata, papá? No lo entiendo. Ahora mamá ha ido a la casa de Tía Yolanda para averiguar algo. Todavía no regresa.

También está lo de ese paquete horrible que apareció justo después. Pero mejor no te hablo de eso ahora.

Prefiero escribirte acerca de lo que la abuela contó ayer y que me ha dejado pensando. La abuela dijo que tenías una mujer, que hace no mucho ella te vio con una chica delgada, bonita, la abuela dijo también que se parecía a mamá cuando era joven. Sólo dime si es verdad. No creo que esté mal. De hecho, me alegraría por ti. Ya sabes que siempre hemos estado muy preocupadas. Sobre todo después de ese incidente en el que casi te matan. Qué horrible. ¿Por qué tienes que meterte en problemas? El otro día mamá nos contó que cuando eran novios te peleaste una noche con un sujeto que estaba armado, que por eso llevas esa enorme marca en el pecho, que jamás has podido controlarte. ¿Por qué, papá?

Sé que Corbata Azul y tú no se llevan. Sé que piensas que él ha arruinado tu vida. Sé todo esto. Ya no soy una niña. Pero ahora tenemos muchas ganas de verte. Nos encantaría que vinieras a casa, papá. Estos últimos días he sentido que algo malo va a pasar. Y con lo que sucedió ayer con Ximena como que todos estamos aquí muy nerviosos, incluido Corbata Azul (hoy, por ejemplo, lo encontré llorando en el baño). Es un presentimiento, creo. No lo sé, sólo quiero verte. Respóndeme, ¿si?

Te extraño,

Dianita

 

Sueños

La muerte de Ximena marcó un antes y un después en la casa. No estoy muy seguro por qué. Son una de esas cosas que suceden y, sin presentirlo, cambian algo. Pero no fue sólo eso. Desde ese día empezaron a ocurrir ciertos hechos extraños. Primero la aparición de ese asqueroso paquete. Luego lo de Tía Yolanda. Después las chicas, que empezaron a llorar por las noches, quedándose mudas y aterradas, a causa de las pesadillas. Todo esto comenzó a alterarnos a todos. Además está lo otro.

Nunca he hablado de esto. Desde que empezó a ocurrirme he considerado que tiene muy poca importancia. Todavía lo creo. Pero quizá, pienso ahora, sí tenga alguna relación con lo que sucedió. Luego de la muerte de Ximena volvieron a aparecer ciertos sueños que de niño me perturbaron. Pesadillas cortas, fuertes, terribles. Sobre todo eran dos. En uno aparecía yo en la playa, estaba rodeado de gente conocida y me sentía en paz, incluso feliz, en aquel lugar, pero de un momento a otro el ambiente cambiaba, como suele ocurrir en los sueños, y todo se volvía violento, cruel, duro y yo me quedaba entonces solo, completamente solo, en medio del inmenso mar, con olas gigantescas que me arrastraban hacia adentro, intentaba luchar por permanecer en superficie, pero era incapaz de moverme, estaba paralizado, quieto y sin fuerzas, mirando ese mar frenético, esas olas horribles y sin poder hacer nada; luego despertaba. En el otro me veía yo en un cuarto oscuro, excepto por una luz roja que parpadeaba en el fondo, estaba solo de nuevo, y todo me parecía demasiado lejano y extraño; de pronto, un hombre, o la imagen de un hombre, aparecía al lado de esa luz simulando no verme, el hombre estaba concentrado en algo que tenía entre las manos, un objeto pequeño, redondo, pero en eso yo siempre hacía algún ruido, un sonido involuntario, y esta persona me veía, notaba mi presencia y no dejaba de observarme con atención, tenía los ojos negros y los rasgos muy difusos, un cuerpo inmenso, delgado y la cabeza bastante pequeña; entonces algo me atraía hacia él, una fuerza que no podía controlar me aproximaba sobre ese hombre que reía maliciosamente, advirtiendo mi espanto; después de unos instantes, despertaba, casi siempre sudando.

Todo fue de inmediato. Las muertes de Ximena y Tía Yolanda, las pesadillas de las chicas, las mías, el paquete asqueroso. Todo. Carito no sabía qué hacer. Yo tampoco. Sin darnos cuenta la casa adoptó un aire oscuro, sombrío, casi como vivir en un lugar que no te pertenece. Luego apareció él.

 

El horror

Corbata Azul tiene sus manos sobre el rostro de Dianita. Dianita llora. Tati se encuentra al lado, Tati también está llorando. A unos metros es posible observar el cuerpo ensangrentado de Ximena, tendido sobre el suelo, irreconocible. Carito tiene los brazos extendidos hacia Bossa, lo acaricia. Bossa ladra frenético.

Corbata Azul ahora se levanta y se dirige hacia Carito. Le dice: ven, tenemos que hablar. Carito no lo mira, pero lo sigue. Las chicas se quedan en la sala, sin poder observar directamente a Ximena. Afuera llueve.

Carito suspira dos veces. Corbata Azul coge el paquete de cigarros y enciende uno. Aspira con lentitud. Corbata Azul mira inquisitivamente a Carito y no deja de mirarla durante varios minutos. Carito dice: no puedo creerlo, ¿por qué? Corbata Azul, luego de fumar, responde serio: no lo sé, pero no puedes ponerte así delante de las chicas, ¿entiendes?, debes mantenerte fuerte, ellas tienen que sentirse protegidas, creo que tu actitud no ayuda en nada. Carito mira hacia abajo. Afuera sigue lloviendo.

Tati aparece en medio de ambos y dice con un tono muy bajo: mamá, tenemos que saber qué ha pasado, esto no es normal, nadie entra a la casa de otra persona sólo para matar a una gata, esto es perverso, mamá. Corbata Azul la observa y piensa en que Tati ha dejado de ser una niña. En rigor, piensa ahora Corbata Azul, nunca la conoció cuando era niña, pero de hecho que ha cambiado, después de un par de años ha tenido que cambiar, piensa. Carito responde, algo aturdida: ¿qué sabes de tu papá, Tati? ¿Qué?, pregunta ella alzando la voz, ¿qué estás diciendo? Entonces interviene Corbata Azul: nada, Tati, olvídalo, tu mamá está un poco nerviosa, es todo.

Afuera está lloviendo. Bossa sale al patio. Bossa vuelve a ladrar.

Desde la cocina, Corbata Azul, Carito y Tati escuchan un grito.

Al llegar al patio observan cómo Dianita se aproxima hacia el suelo e intenta coger un paquete negro, de cartón, que acaba de aparecer en la puerta trasera de la casa. Dianita vuelve a gritar. Entonces Corbata Azul se acerca y lo ve: una cosa blanca, llena de sangre, inmóvil; Corbata Azul, luego de un instante, se da cuenta de lo que es. Bossa no deja de ladrar.

Aléjate, le dice Corbata Azul a Carito, llévate a las chicas. Alza el paquete, lo observa bien. Mueve el cuerpo muerto de un gato, de otro gato, uno más grande, blanco, lo coloca en el jardín y advierte recién las fotos. Pasan unos minutos hasta que Corbata Azul se estremece. Son fotos de Carito, fotos de Tati, de Dianita, fotos de él caminando en la calle, de Bossa comiendo al lado de Tía Yolanda, fotos de los cuatro almorzando donde la abuela. Corbata Azul siente un dolor agudo en el estómago, las piernas le tiemblan, empieza a sudar.

Pasan los minutos, afuera llueve con fuerza y Corbata Azul sigue de pie con las imágenes en sus manos.

 

Desde las estrellas

Papá:

Dianita me contó que te escribió. Supongo que ya sabes lo de Ximena. No te imaginas lo espantoso que fue todo eso. Desde aquel día mamá ha estado bastante rara. Habla poco, come menos y casi no la veo. Es muy extraño. Corbata Azul intenta hacernos olvidar, pero es imposible. Además, el asunto del paquete con las fotos nos ha dejado demasiado nerviosas. No estoy muy segura si por eso mamá está como está. Tal vez es por Corbata Azul. No lo sé. Él es bueno, siempre lo ha sido, pero desde que te fuiste me da la sensación de que algo raro esconde. Es una impresión. Tampoco quiero que te asustes. Estos últimos días él nos ha atendido como nadie y creo que eso tengo que valorarlo.

No sé si Dianita te contó, pero Tía Yolanda murió hace unos días. Parece que le dio un infarto. Mamá no nos ha querido explicar bien. A veces no la entiendo. En un momento puede estar fuerte, rígida, estable, pero de la nada se pone a llorar, a gritar, o simplemente, se queda muda, como inconsciente. Creo que desde hace tiempo no anda muy bien. Y de eso precisamente quería hablarte. Deberías volver. No sabemos nada de ti. No respondes las cartas, no llamas. ¿Pasa algo? ¿Te ha ocurrido algo? Quizá prefieras decírmelo a mí y no a Dianita. Ya sabes cómo es ella de frágil, cualquier detalle la afecta. Es igual que mamá, creo. Dime qué sucede. Necesito saber de ti.

Anoche, antes de dormir, me puse a recordar cómo era antes de que todo cambiara para ustedes. Me refiero a cuando vivías con nosotras, cuando tú y mamá aún se querían y las cosas no estaban como ahora. Entonces me acordé de aquella noche en la casa de playa, ¿lo recuerdas? Yo estaba durmiendo, era un día antes de año nuevo, y me despertaste. Por ese tiempo tenía diez años y me encantaba estar a tu lado. Me encantaba caminar contigo, seguirte, a veces incluso te imitaba. Junto a ti me sentía protegida, algo que no ha vuelto a suceder desde aquella época. Te decía entonces que esa noche me levantaste porque no podías dormir. No puedo dormir, me susurraste al oído para no despertar a nadie, me puse a mirar el cielo y no sabes lo que vi, dijiste. Recuerdo que después te quedaste en silencio un buen rato mientras mirabas hacia afuera, como perdido, o buscando algo quizá, pero luego me tomaste de la mano, lentamente, y salimos juntos. Nos sentamos en la arena, uno al lado del otro. Te vi a ti, murmuraste observando de nuevo hacia el cielo, vi cómo las estrellas se agrupaban para formar tu rostro, tus ojos, tus labios e imaginé que vivíamos allá arriba, junto a ellas, y que nos sentíamos libres, felices. Eso dijiste aquella vez, papá. Entonces recuerdo que sentí algo muy extraño. Sentí que tú y yo en verdad habíamos viajado al cielo y que conversábamos desde las estrellas. Fue raro. Creo que nunca te lo comenté.

Ayer pensé en esto y te extrañé. ¿Qué estás haciendo, papá? ¿Por qué no vuelves? Ahora sólo quiero que recuerdes esa noche en la playa. Acuérdate de cómo eran las cosas en ese momento. Después me respondes.

Te quiero,

Tati

 

No sé de qué estás hablando

Al día siguiente Carito fue donde Tía Yolanda. Le preguntó por Bossa, si había pasado algo extraño mientras comía, también por personas fuera de lo común cerca de la casa. ¿No?, dijo Carito, ¿no viste nada? No, respondió Tía Yolanda, nada, ¿por qué?, ¿ha pasado algo con Bossa? Con él no, pero sí con Ximena, alguien entró a la casa, Tía, dijo Carito, y la mató, no entendemos por qué. Entonces Tía Yolanda se persignó, miró al cielo y dijo: pobre gata, ¿has pensado en hacer la denuncia?, tienes que hacerla, Carito. Sí, no sé, estoy muy nerviosa, y luego también lo de las fotos, el otro gato muerto en la puerta, no sé, Tía, ha sido todo tan extraño.

Carito volvió a la casa más nerviosa, más confundida que antes. Algo en ella empezaba a quebrarse, pero aún no era consciente de ello. Cuando Dianita le preguntó por Tía Yolanda, no supo qué responderle. Dijo, finalmente: la noticia le cayó muy mal, dice que hagamos una denuncia, tiene razón, no sabemos lo que puede ocurrir. Dianita la miró con temor: le he escrito a papá, tal vez pueda venir luego de lo que ha pasado. Carito en ese momento sintió una sensación muy parecida al pánico. ¿A tu papá?, preguntó, pero ¿él que tiene que ver en esto? Dianita le lanzó una mirada ofensiva.

Salió de la sala sin decir nada.

Dianita tenía doce años cuando su papá se marchó. Aún recuerda los detalles, todos los gritos, los golpes, la desesperación. Recuerda cómo su papá, enloquecido, agarró a Corbata Azul del cuello, amenazándole con el puño, mientras Carito le gritaba desesperada que por favor lo soltara, que él no tenía la culpa de nada. Recuerda Dianita: pensaba matarlo, papá siempre ha sido demasiado violento, entonces lo arrinconó contra la pared, golpeándolo en el estómago hasta dejarlo inconsciente, él creía que nadie podía verlo, papá imaginaba que Tati y yo estábamos donde la abuela, pero lo vimos, lo vimos todo, sus ojos rojos, sus manos sucias, agotadas, su odio, no sé por qué, recuerda Dianita, no hicimos nada, simplemente nos quedamos ahí, detrás de la puerta, sintiendo un terror indescriptible, terror de mamá, de nosotras mismas, el miedo nos paralizó, y en esos instantes sólo pude taparme la cara, papá era otro, hablaba distinto, algo en él había cambiado. Después de esto se marchó, lo último que supimos fue por teléfono. Tati, aquella vez, llena de cólera y desesperación, le dijo que lo odiaba, que no volviera más a la casa, que jamás lo perdonaría, le gritó; y él, casi riendo, respondió con voz cínica: no sé de qué estás hablando, cariño, ¿por qué me hablas así? Dianita recuerda que Tati colgó y se puso a llorar, rabiosamente.

Luego de ese día ninguno habló del incidente. Se convirtió en una de esas cosas que todos prefieren olvidar y hacer como si nunca hubiese sucedido. Carito, pasados algunos unos meses, le pidió a Corbata Azul que se mudara con ellas, se sentía demasiado sola, a pesar de las chicas. Con el tiempo, todos olvidaron lo ocurrido; en el caso de Tati y Dianita, sin embargo, los hechos adoptaron una forma distinta: papá se volvió en algo así como una víctima, alguien que en realidad no estaba, pero en quien pensaban siempre, alguien que podía aparecer sin previo aviso. Su ausencia provocó en ellas una sensación de necesidad.

 

Dos

Papá:

Tengo miedo. No sé si llegue a enviarte esta carta. Sólo tuve la necesidad de escribir, no sé por qué, quizá para sentirte más cerca, no lo sé. Ayer volví a encontrar a Corbata Azul llorando en el baño. Siempre es por las mañanas. Es como si tuviera pesadillas, o algo así. Mamá me ha dicho que tiene problemas para dormir, que desde niño los ha tenido, pero nunca le gusta hablar de eso. Corbata Azul es raro. En realidad yo tampoco he estado durmiendo bien desde lo de Ximena y las otras cosas que han sucedido, ¿te he contado sobre esto? No me acuerdo. Lo que ocurre es que tengo sueños extraños. En muchos de ellos apareces tú. O sea, eres tú, sé que eres tú, pero tienes otra cara, otro aspecto. Y me hablas, me dices que debo portarme bien, que todavía no estoy para tener novios, aunque yo ya tenga catorce, y luego me llevas a una playa, hace sol y me siento bien a tu lado, pero de pronto las cosas cambian, ya no te veo, noto que el mar empieza a llevarme, con unas olas inmensas me jala y no sé que hacer, me quedo tiesa, sin poder verte, eso es lo que más me aterra, que me dejas, que otra vez me abandonas. Casi todas las noches sueño esto, papá. No sé por qué.

Espero verte pronto. Un beso.

Dianita

 

Papá:

Han pasado más de dos semanas y no he recibido ninguna respuesta. ¿Por qué eres así? Durante dos años te hemos escrito y tú sólo has respondido la primera carta, diciendo todavía que no nos preocupáramos, que estabas bien, que mejor dejáramos de buscarte. Luego de tanto tiempo dudo que estés bien. No te pediría esto si fuera otro momento, pero en verdad te necesitamos ahora. Están sucediendo cosas raras y cada vez mamá está peor. Ya te he dicho que no come ni quiere hablar. Corbata Azul tampoco parece ayudar. Siento que todo se está saliendo de control. Además he estado teniendo una serie de pesadillas. Veo a una persona inmensa, delgada, en medio de la oscuridad, y siento que quiere hacerme daño, que se ríe de mí y no puedo hacer nada, no puedo moverme, nada. Me desespera.

En fin, responde rápido. Te necesitamos.

Tati

 

Volver

Bossa está echado en el patio. Tiene las orejas caídas, el hocico sobre el suelo y los ojos cerrados. Respira pausadamente.

Empieza a anochecer cuando tocan la puerta. En la casa sólo están Tati y Dianita. Vuelven a tocar. Dianita escucha que Bossa ladra fuerte, se levanta de la cama y baja. Tati la sigue. Bossa está ladrando violentamente al lado de la puerta. Dianita intenta calmarlo. Luego abre.

Tati pregunta: ¿quién es, Dianita? Dianita no responde. Tati se acerca y entonces lo ve.

He venido por ustedes, dice. Dianita y Tati no saben qué decir, están llorando y no saben si abrazarlo; pese a todo, lo ven como a un extraño. Niñas, quiero que vengan conmigo, vuelve a decir. Ellas lo miran en silencio, aturdidas. Bossa no deja de ladrar. ¿De qué estás hablando?, pregunta por fin Tati. Hablo de llevármelas, ahora sí puedo estar con ustedes, ya pasó todo. ¿Qué?, dice Dianita. Cariño, sé que no me he comportado bien, pero en ningún momento dejaron de importarme, jamás, y ahora quiero que vengan conmigo, dice. ¿A dónde?, pregunta Tati. Háganme caso, dice él. No entiendo, ¿por qué ahora?, ¿por qué después de tanto tiempo?, ¿dónde has estado?, pregunta confundida. Entonces aparecen Carito y Corbata Azul por la puerta.

Bossa no ha dejado de ladrar ni un instante.

Carito le dice a Corbata Azul: tengo que hablar con él, llévate a las chicas a otra parte, fuera de la casa, lejos. Corbata Azul no dice nada, pero asiente. Corbata Azul se las lleva con dificultad, a la fuerza.

¿Qué haces acá?, dice Carito tras cerrar la puerta. Vengo a llevármelas, ellas no pueden vivir con ese sujeto, dice, ya me he enterado de todas las cosas que han sucedido y no voy a permitir que las niñas sigan sufriendo. ¿Qué?, dice Carito, ¿que no vas a permitir que sigan sufriendo?, si fuiste tú quien empezó con todo, ellas jamás te van a perdonar lo que hiciste. Y yo jamás te voy a perdonar lo que tú me hiciste, dice, estoy seguro que ellas no saben nada de eso, ¿no?, piensan que ese tipo en verdad las quiere, ¿acaso no sabes que fue él quien mató a la gata, no sabes que fue él quien puso ese paquete en la puerta?, ¿no lo sabes, acaso? Carito se queda en silencio, lo mira. En la sala, Bossa continúa ladrando.

No, fuiste tú, grita ahora Carito, siempre fuiste tú. Ese sujeto no es un santo, dice él, y por eso me las llevo, no pueden seguir viviendo en esta casa. Carito está llorando, no deja de repetir, desorientada: fuiste tú, siempre fuiste tú. Se tapa el rostro con ambas manos, empieza a gritar. Él está cerca a la entrada, no responde.

Carito se echa en el mueble, no deja de gritar. Él no la entiende, se acerca, sonríe con ironía, luego dice: me las voy a llevar, contigo o sin ti.

Todo se calma. Bossa empieza a caminar, tímido, sin hacer ruido.

 

La casa y el silencio

Carito parecía enferma. Se había recostado sobre el mueble, tapándose los oídos, nunca la había visto así. Estás mal, le decía él, sabes que no puedes con esto… ya todo se acabó. Pero ella mantenía la misma posición, intenté acercarme, colocar mi cabeza entre sus piernas, que me notara. Percibí un olor extraño en su cuerpo, un olor nuevo, distinto, que me hizo estremecer en el momento en que subí al mueble para sentirla más cerca, para estar junto a ella. No hay nada que puedas hacer, dijo entonces él, siempre has sido débil, Carolina, siempre, y eso te ha arruinado, tus miedos te han arruinado, tu cobardía, porque sabes que no soportas estar sola, lo odias, te aterra la idea de tener que enfrentarte a ti misma, de no poder apoyarte en nadie, por eso has cometido tantos errores, por eso ese sujeto ha terminado en esta casa, arruinándolo todo, Carolina, la familia, nuestras niñas, todo… pero ahora las cosas serán distintas.

La sala empezaba a sentirse demasiado sombría y asfixiante. Yo no sabía qué hacer, intentaba reanimar a Carito, pero ella continuaba echada, con el rostro contra el mueble, sin moverse. Por un momento creí que se había quedado dormida, que no escuchaba nada, pero de pronto levantó ligeramente la cabeza, como si se despertara de un sueño, y lo vio allí, cerca de donde se encontraba. Por favor, cállate, cállate, le dijo con una voz muy suave, muy baja, cállate de una vez, le repitió. Me las voy a llevar, dijo él, no me iré de aquí hasta llevármelas, y luego enmudeció.

Las chicas no iban a tardar en regresar junto a Corbata Azul. Él se colocó al lado de la ventana para esperarlas, sereno. Entonces empecé a sentir cómo todo cambiaba repentinamente, la casa, Carito, las chicas que no estaban; nada iba a ser igual. Moví la cabeza para mirarla bien, los ojos cerrados, su respiración lenta, intenté sacudirla un poco, pero no reaccionó. Sin esperanzas, amargo como nunca, suspiré largamente, comenzando a andar hacia el patio.

 

Corbata Azul

Me invitó a almorzar con ellas a un lugar muy lejano, al cual nunca más fuimos, era una especie de restaurante campestre casi deshabitado. Ambas sonrieron al verme, Carito les dijo que yo era un amigo del trabajo, que teníamos una reunión, pero a ellas no pareció importarles demasiado. Lo único que dijeron fue: hola, bonita tu corbata. Después de ese día comencé a aparecer más seguido en la casa, cuando no había nadie, me quedaba ahí un buen rato y luego, al momento en que ellas llegaban, yo me marchaba. Siempre decían al verme: hola, Corbata Azul.

Desde los trece años que no pensaba en esos sueños raros que tenía. Pero la primera vez que lo vi algo sucedió. Es del trabajo, le dijo Carito, hemos tenido que hacer un par de cosas en la casa. Él no respondió, sólo me estrechó la mano, mirándome directamente a los ojos. Toda la escena me puso nervioso, su expresión dura, la actitud violenta. Esa noche volví a tener aquel sueño en el que un sujeto se ríe delante de mí en la oscuridad, esa escena horrible en donde sólo veo una luz roja y una imagen difusa de una persona que me atrae hacia él. Nunca le tomé importancia a nada de esto. Pero aquella noche, sin saber exactamente por qué, no pude dormir. Tenía la luz prendida y sudaba demasiado. Sentía que alguien me veía, alguien inmenso, delgado, con rostro pequeño. En ese momento sólo pude tomar agua, respirar hondo y cerrar los ojos.

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tu cuerpo y mi cuerpo ya no existen

mi cuerpo y tu cuerpo ya no existen, exclamas, a lo lejos, en la habitación, tras el armario

en los pasadizos, en medio de las escaleras, donde otras veces, querida, preciosa, me has golpeado

dulcemente, querida, rabiosamente

donde otras veces te has agarrotado el cuerpo entre sonrisas

y me has dicho, también entre sonrisas, cariño, que nada podrá alejarnos del mar

que nada podrá salvarnos hacia el final de la Era, en aquel espacio sombrío en el que se ocultan

tu cuerpo y mi cuerpo extraños en la alcoba

sabiamente, preciosa, con la desesperanza que te remite a los años del terror

cuando tu padre y tu madre y tu hermano eran otros y no eran tuyos

porque todos ellos, los otros, tu familia, se habían alejado desde siempre

entre lo que imaginamos son el sueño y la desgracia, entre lo que pensamos

son los tiempos felices

lentamente, querida, con esa voz y esos ojos, exclamas

pegada en la pared, con los brazos tendidos, con la mirada siempre fija y tensa,

nos hemos quedado solos en este mundo

solos tú y yo y el mundo y sin palabra

porque recuerda, exclamas, querida, preciosa, en este preciso momento,

mientras permanezco de pie al lado de la puerta,

mientras me quedo sin lugar en medio de los sueños,

aturdido y siempre feliz, exclamas

tu cuerpo y mi cuerpo ya no son los mismos, han madurado

han crecido entre los golpes y las palabras no dichas

se han endurecido, cariño, recuerda, repites ahora, firme y débil

tú no solías acostarte sin mí

tú esperabas la hora nombrada para verme desnuda y decirme

amor, ¿qué está pasando con el mundo?, ¿qué está pasando para que

en una noche como ésta, amor, ya no existan los horrores y seamos simplemente

criaturas salvajes que no entienden nada

que nada comprenden de las cosas allá fuera?

exclamas, tiernamente, en medio de las escaleras grises

nos ha llegado el fin de esta Era, sonríes nerviosa, como temblando,

hemos dejado de vernos, cariño, el uno al otro en esta alcoba,

sobre estas sábanas inevitables que ya no insisten en tu nombre

ni el mío

hemos olvidado la palabra, nuestra palabra, querido, en las rupturas de los días insensatos

porque nada dices ya en aquel estúpido idioma que aprendí de mi madre,

lejana y perdida en la infancia

que aprendí de mi padre, aquel estúpido y tan absurdo idioma de la efe, cariño,

que te hice repetir una y otra vez por las tardes y por las noches

mientras intentabas esconder tu rostro con las manos

murmurando, al final, con la expresión traviesa, prefecifiofosafa, tímidamente

¿lo recuerdas?, exclamas ahora, en la habitación, tras el armario,

prefecifiofosafa, querido, y luego el silencio

y yo te decía, recostada bajo las sábanas, muy cerca al oído

lofos tifiefempofos fefelificefes

fefelificefes, repetía, con una sonrisa inevitable, fefelificefes

mientras cerrabas los ojos y todo me parecía entonces

un lugar sin superficies ni matices

en tu cuerpo

entre tu cuerpo.

Lili y el amor

 

On being an ass I’ve really been a pro

Millencolin

 

Íbamos a vivir toda la vida juntos

íbamos a morir toda la muerte juntos

Manuel Scorza

 

Yo no la quise nunca, ni siquiera cuando le decía que la amaba, ni siquiera cuando ella decía que me amaba, era verano y habíamos ido a la playa, junto a su hermana Baby y unos muchachos que conocimos en el camino, muchachos es un decir, los niños tenían trece pero sabían andar con chicas mayores, hacerlas reír, divertirlas, y la pasaban bien, mejor que Lili y yo, mejor que los amigos que habíamos dejado en Lima, estaban locos y eso le encantaba a Baby, pero había un problema, siempre lo hay, y ése era yo.

No la quise nunca, ni siquiera cuando me salvó de morir en el mar, ni siquiera cuando le dije al oído que quería pasar el resto de mi vida a su lado, llevábamos un año juntos, conocía a su familia, a Baby, a la abuela Nona, a su madre loca que sin conocerme dijo que yo era el chico ideal, aún así hiciera los méritos para que cambiara de opinión, aún así el día de su cumpleaños llegara completamente borracho y tras botar la torta al suelo empezara a vomitar enfrente de los invitados, conocía a todos, incluso a la gata que me recibía con gritos siempre que entraba por la puerta, y a los canarios que no dejaron de cantar nunca en el patio, íbamos a pasar toda la vida juntos, lo prometimos delante de la virgen una tarde luego de tomarnos una botella de ron, era una promesa, como todo lo que decíamos.

Yo nunca la quise, pero aquella noche empecé a amarla cuando se marchó sola dejando un sabor a nada en los labios, sin perder tiempo, queriéndome como jamás alguien lo había hecho, yéndose lenta y arrastrando los pies sobre la arena como no lo había visto en nadie jamás, y así era, así de simple, Lili tenía veintiuno y sufría mucho en los inviernos, era frágil y dura, pero para esa época todo aquello había quedado atrás y estábamos en la playa junto a Baby y los muchachos que habíamos conocido en un grifo de la carretera, Baby y los muchachos, Baby y la locura, Baby y los gritos histéricos al lado de la fogata diciendo lárgate de acá, conchatumadre, Baby y la dulzura.

Yo a Lili no la quise nunca, y creo que ella tampoco a mí, ni siquiera en los inviernos cuando lloraba conmigo, ni siquiera cuando huimos desesperados y locos luego de robarnos ropa y algo de comida en una tienda del Sur, se podría decir que estábamos sin un centavo, el dinero que Baby y Lili habían sacado de la casa lo gastamos el primer día en cerveza y cigarros y en una fiesta a la que nos invitaron los muchachos, el plan era para un mes, pero todo acabó esa noche, esa madrugada, en aquella fogata con los gritos enloquecidos de Baby, el llanto de Lili y los insultos lejanos de los niños.

Era enero, la mamá de Lili me había pedido que por favor las cuidara, confiaba en mí a pesar de todo, decía que yo era el único muchacho en el que se podía confiar en estos tiempos difíciles, la abuela Nona no dijo nada porque para ese entonces ya no podía hablar, ni oír, ni caminar, se pasaba los días mirando a los canarios en el patio, sola desde el mueble de la sala, sola y con una especie de sonrisa en la cara, siempre creí que era la más loca de la casa, aunque no era cierto.

Nunca la quise, pero todo empezó a dolerme aquella noche, la segunda noche en la playa, cuando Baby intentaba hacer la fogata con los muchachos que habíamos conocido, matándose de risa de las historias que contaban, coqueteando y tocándose el pelo cuando uno de ellos la miraba a lo ojos, tenían trece años pero eran más altos que yo e incluso a algunos ya se les notaba la barba, tenían tatuajes y aretes en la cara, y no paraban de hablar de viajes y música y fiestas, entonces yo los miraba en silencio porque desde chico entendí que es mejor dejar las cosas así, asintiendo con la cabeza de vez en cuando, haciendo quizás alguna pregunta, son niños, me decía por dentro, son niños pero tienen encantada a Baby, a la tan extraña Baby, a Baby la imposible.

Yo no la quise nunca, y menos aún borracho en medio de cinco niños desadaptados y una fogata, menos aún con la imagen de Baby en bikini y bailando salsa sobre la arena, habían pasado más de tres horas desde que empezamos con las cervezas y el ron, Lili estaba a mi costado y yo creí que dormía, entonces las cosas simplemente se salieron de control, como a veces suelen salirse de control cuando ya resultan inevitables.

Baby y el ron, Baby y los ojitos marrones de la madre, Baby y los labios, yo no lo sabía, pero empezaba a gustarme la carita tierna y adolescente de Baby, las caderas de Baby al moverse, el pelo castaño y lacio de Baby a la luz del fuego, Baby no era tan niña, tenía diecisiete y le encantaba divertirse, le encantaba sonreír y pasarla bien con los amigos, y todo esto comenzó a brotarme desde el estómago mientras la veía bailar delante de nosotros, lentamente, como queriendo decir algo, como intentando enviar señales sobre algo que le venía de adentro, pero Baby siempre había sido dura e indiferente conmigo, Baby y yo nunca habíamos sido demasiado cercanos.

Yo a Lili no la quise en ningún momento mientras observaba a su hermana moverse con los ojos cerrados y los brazos pegados al cuerpo, pensaba que dormía y entonces me levanté dejando caer algo de arena, la música sonaba fuerte y vibrante desde una radio vieja llevada por los muchachos, sin que nadie lo notara empecé a caminar por detrás de ellos en dirección a Baby, Baby y la salsa, Baby y su piel bronceada, nadie me vio y con los pasos ligeros e inseguros me acerqué a su cuerpo, seguía con los ojos cerrados y se notaba algo borracha, se divertía, creo que Baby la estaba pasando bien, algunos de los muchachos cantaban, otros simplemente dormían, pero a nadie parecía interesarle, sólo a mí, los movimientos de Baby, Baby y la música, entonces no lo dudé, con mis manos llenas de arena le acaricié los brazos suaves y largos, abrazándola por atrás, estrechándola hacia mí con dulzura, Baby al inicio no hizo nada, su cuerpo continuó dócil y frágil, y sin perder demasiado tiempo la deslicé hacia un lado y la besé rápida, directamente, la hermana Baby, la adolescente Baby.

Yo seguía sin quererla cuando ella volteó la cara y me vio a los ojos con odio, empujándome mientras gritaba qué mierda haces hijo de puta, mientras Lili asustada se levantaba observando la escena sin entenderla, mientras los muchachos se ponían en guardia para golpearme, aléjate de ella, qué te pasa, y más gritos, mientras confundido y mareado miré la cara de Lili, la humillación de Lili, el dolor, lárgate de acá, conchatumadre, dijo Baby histérica, lárgate, pero antes de poder hacerlo noté que Lili, llorando y aturdida, empezaba a irse con aquellos pasos tan violentos y terribles sobre la arena, como jamás lo había visto en nadie, entonces sentí que todo me dolía con esa imagen.

Yo no la quise nunca, pero aquella noche empecé a amarla al ver esa espalda que se iba sin decir nada, a pesar de Baby y sus gritos, a pesar de los cinco muchachos que comenzaban a golpearme en la cara y el estómago con fuerza.

Brilla aquí para nosotros,

y así estarás en todas partes.

John Donne

Rafael:

Odio el invierno. Me acuerdo que aquella vez, el día del que te quiero hablar, me dijiste que nunca soportabas los inviernos, que el invierno era lo único que te hacía recordar a tu viejo, a tu familia del Norte, a todo eso que un día perdiste sin notarlo. Ese día nosotros habíamos estado donde Lala, ¿lo recuerdas?, era agosto y no teníamos nada que hacer, sólo mirar la tele, escuchar música y andar con Los Desalmados, entonces llamaste a casa para contarme que Lala estaría sola el fin de semana, que esa misma mañana te había escrito al celular diciéndote que por favor vayas a verla. Me pediste que te acompañara y como yo no soy de los que se niegan te pregunté si me caía a mí también parte de aquello y tú con tu risa tan socarrona y fuerte respondiste que a mí siempre me caía una parte, la mejor. Ese día, Rafael, recuérdalo, me esperaste en la esquina de Devaric, te encontré fumándote un pucho y mirando la ventana de una casa, y entonces fue ahí que sin decirme hola siquiera me contaste aquello de los inviernos y de lo horrorosa que se pone tu vida en agosto siempre y tu viejo y la familia del Norte y yo me senté a tu lado en la vereda, sin entender nada, porque tú no eras así, tú nunca hablabas de esas cosas. Pero encendí otro pucho y te dije, mirando también aquella ventana, que a nosotros no sé por qué nos había tocado lo peor. Eso dije y tú te reíste ya no tan fuerte, ni socarrón, sino débil ahora, triste, como si las cosas estuvieran ya perdidas. Sí, Rafael, nos pusimos melancólicos aquella vez cerca de la casa de Lala, antes de visitar a Lala y hacer todo eso que hicimos con ella. Estabas mal, se notaba, porque, a pesar de las risas, tenías algo muy adentro que te venía matando sin saberlo, tú nunca parecías darte cuenta de lo que te sucedía. Algo raro en ti. En fin.

No sé si alguna vez te conté cómo conocí a Lala. Fue dos años antes. Yo en ese tiempo estaba con Nicole, ¿lo recuerdas?, y una de las tardes que fui a su casa me encontré con una chica en faldita y con la boca pintada de rojo. Tan típico de Lala. Entonces Nicole nos presentó y me dijo que era su amiga de por ahí, de la vida, ya sabes, dijo y puso una cara de traviesa. Esa tarde nos pasamos horas conversando. Nicole y yo, porque Lala estuvo callada casi todo el rato. Después de un par de horas se marchó. Entonces recuerdo que dije que la tal Lala, además de perra, era medio oscura y Nicole no paró de reírse.

Luego pasó el tiempo y un día me contaste de ella, que Lala estaba buena, que era demasiado tonta, pero buena, que te había dicho para salir y otras cosas. Yo no te dije nada, ni siquiera que ya la había conocido dos años antes. No sé muy bien por qué lo hice. La cosa es que para aquella vez ella no se acordaba de mí, o eso creía al principio. Nos saludamos y en ningún momento dijo oye, te conozco, tú eras el enamorado de Niki, no, nada, sólo me miró y sonrió y todo empezó por ahí. Compramos chelas, conversamos mucho, tú parecías otro además, la angustia de antes se te había ido, estabas alegre y no dejabas de reírte. Lala también. Yo poco, pero luego, tras la quinta o sexta botella, comencé a bailar y gritar y decir que la vida era una mierda y cosas así. Como siempre hago. Ustedes me miraban y hacían lo mismo, riéndose mucho. Entonces todo fue rápido. Nos acabamos las chelas, Lala sacó un ron, y también lo terminamos. Ya estábamos medios locos cuando tú te quitaste el polo y dijiste bueno, acá tiene que pasar algo. Nadie respondió. Pero después Lala se paró y subió por las escaleras. Recuerdo que la vimos irse lentamente, tambaleándose, y que de pronto escuchamos un “suban” que nos iluminó las caras, ¿te acuerdas?, y una risa, la tuya, otra vez fuerte y socarrona. Subimos. Ella nos esperaba en la puerta, con una cara extraña, y comenzaste a besarla. Luego Lala me agarró la mano e hizo que le tocara las tetas, y luego las piernas, las caderas. Le quitamos la ropa. Nadie dijo nada. Todo esto tú ya lo sabes. Lo hablamos un día. Pero hay algo más.

Nosotros nos conocemos desde siempre, yo tenía siete y tú ocho cuando un día mi vieja me llevó a una fiesta de alguien que ya no recuerdo y te encontré, tenías la misma cara, los mismos gestos que ahora y yo me acerqué para preguntarte algo y tú volteaste y te reíste de mi ropa, así, fuerte y socarrón, como siempre, y yo no supe qué hacer. Pero a partir de ese día nos volvimos como hermanos, tu vieja empezó a llevarte a mi casa y te quedabas ahí todo el día, hacíamos mil cosas, y así pasaron los años. Por eso lo conozco todo, pero sólo ese día de agosto en que fuimos donde Lala creí ver algo más, sólo ese día, mientras mirabas aquella ventana en medio del frío, noté lo que te iba sucediendo, porque debes admitir que siempre fuiste de los que se callan, porque no te gusta que te vean mal, odias que te vean mal, es para ti como una norma y lo haces bien; pero esa tarde pude comprenderlo mejor: tu viejo, la vida que llevaste en el Norte antes de venir, tus abuelos, y también los golpes, las peleas, todo lo feo, más que nada lo feo. Son cosas de las que nunca hablaste hasta ese día, sin razón alguna ese día lo contaste, cierta parte al menos, pero yo ya sabía la historia completa por tu vieja, Rafael. Hace mucho tiempo, un día cualquiera, fui a buscarte a la casa, tenía trece o catorce, tu vieja abrió la puerta y me dijo que habías salido con una tía, o algo parecido, y estaba a punto de irme cuando ella me pidió hablarme de ciertas cosas. Así lo dijo: quiero hablarte de ciertas cosas, Juan, cosas importantes, ¿puedes quedarte un momento? Y yo la miré asustado, pero le respondí que sí, y ahí me contó todo. Lo horrible de la vida en Chiclayo, en tu casita cerca a la plaza, sobre las locuras y arrebatos de tu viejo, además de esa historia del caballo, Rafa, de cómo tu viejo un día estaba montando contigo atrás y empezó a ir más rápido, que no decía nada, simplemente aceleró demasiado el paso y eso te asustó, estaban en una pampa inmensa, no había nadie más y tu viejo iba cada vez más rápido y te pusiste a llorar fuerte, como nunca, pero él aún así siguió montando sin decir nada, sin escucharte, hasta que te caíste al suelo de costado, golpeándote el brazo derecho y las costillas, entonces él se bajó del caballo y te vio por un momento, observó cómo llorabas, tus gritos, pero parecía no importarle porque te volvió a subir, te puso atrás de nuevo y comenzaron a andar, sólo que ahora más rápido que antes, con más fuerza y violencia, y en unas de esas volteó para gritarte “como hombre, afronta las cosas como hombre” y no dejó de correr mientras tu brazo iba empeorando con las sacudidas. Ya en tu casa, más tarde, el dolor era demasiado intenso, tus viejos empezaron a pelear otra vez, a echarse la culpa de todo, como siempre. Al final tuvieron que enyesarte, nunca entendiste nada de lo que ocurrió, tu viejo era así, estaba loco y por eso se vinieron, alguien pudo salir realmente herido si no salían de ese lugar, Rafa.

Aquella vez tu vieja me contó esto y más, pero sobre todo quiso hablarme de ti, de que tenías algo y no sabía qué. Me pidió que viera por ti, ¿puedes creerlo? Fue hace como tres años. No sabía de lo que me estaba hablando, la escuché, sí, pero cómo iba yo a cuidarte, Rafael, ella era tu vieja, ella debía ver ese tipo de cosas, y entonces me confundió y no le hice caso. Le dije que tú eras un chico recontra alegre, normal, le hablé de tu risa, de las locuras que se te ocurrían siempre, y ella se quedó algo inquieta. No me importó, si me pides la verdad, y luego me fui. Pero esa tarde, en la esquina de Devaric, lo entendí todo: algo tenías, algo tienes aún, y nadie parece notarlo, a veces pienso que ni siquiera tú mismo.

Después de lo de Lala los tres terminamos mal, borrachos, pero sólo ustedes se quedaron dormidos, a mí me dolía el estómago y sólo pensaba en descansar en mi casa. Yo estaba a un extremo de la cama y tú al otro, Lala dormía de costado. Todo me daba vueltas, pero de pronto escucho tu voz, escucho que empiezas a decir palabras extrañas, con voz suave, como gimiendo, y que luego comenzaste a llorar, fue demasiado raro, te quejabas de cosas que yo no entendía y gemías de dolor. En ese momento no supe si despertarte o qué hacer, Lala estaba demasiado borracha como para darse cuenta, yo era en realidad el único que estaba ahí. Te vi mal, seguramente soñabas, pero era más que eso, era un trauma, algo angustiante que te venía de adentro. No te levanté, no me preguntes por qué. No lo hice simplemente, y en ese instante recordé la cara de tu vieja, todo eso que me contó aquella vez cuando yo tenía trece y sin creerle nada me fui olvidando del tema. A pesar de esto, cuando finalmente, luego de un buen rato, decidí levantarte, no te mencioné lo que había visto. Solamente nos fuimos de esa casa y en el camino ni hablamos. Me lo guardé hasta ahora, hasta hoy, que las cosas han cambiado tan rápido entre los dos. Ahora que te has marchado y ya no sé nada de ti.

No estoy seguro si después de aquel día donde Lala algo nos alejó. Fue muy extraño, es cierto, nunca habíamos hecho algo parecido, y los días siguientes nos vimos poco y hablamos menos. Pero una noche nos encontramos cerca a casa y conversamos. Dijiste que lo de Lala había estado bien, aunque no pensabas repetirlo. Fumábamos sentados en una de las veredas del parque, hacía frío, igual que ahora, y mirabas hacia adelante. No te entendía. Tú habías sido quien llamó, quien hizo que sucediera, Lala simplemente era así, como un objeto, pero tú lo armaste todo. Parecías arrepentirte y eso no encajaba contigo. Hablamos poco rato esa noche, de ahí me dijiste que debías volver. Después de unos meses te fuiste a Estados Unidos para hacer tu vida allá, estudiar, conseguir una chica linda que te quiera y cuide, y ser feliz, en parte. Con el tiempo no supe más de ti. Yo me enteré por tu vieja, es lo peor. Simplemente cambiaste de un momento a otro. Te alejaste.

Hace unos días me encontré con Los Desalmados de la nada, me preguntaron por ti y no supe qué decirles, entonces decidí escribirte esto. El mundo no es un pañuelo, Rafa, en algún lugar lo leí y creo que es cierto. El mundo a veces se parece a ti cuando escucho una risa fuerte, socarrona, que golpea, o también los domingos, que no hay nada qué hacer, salvo ver tele y escuchar música, siempre lo mismo, aunque ahora distinto, porque ya no somos niños, porque seguramente ahora debes tener una chica al lado que te quiere, y no sé si estarás estudiando, pienso que no. Pero quizás sí. Es raro. Yo he dejado de tener el pelo largo, ya no ando con Los Desalmados como antes, ni voy a Devaric. No hemos crecido demasiado, es lo más extraño. Muchas veces he pensado que no existes, que simplemente un día desapareciste de todo, que te esfumaste sin que nadie lo notara y que aquella vida que debes estar llevando en alguna parte del mundo es sólo una imaginación, algo que deseaste mientras tus viejos se peleaban y tú no tenías valor para gritar, para nada, porque sólo podías llorar en silencio, porque lo único que querías era no estar tan mal, después de todo.

Y eso, Rafa. El tiempo es horrible. No podemos hacer nada.

Dos

 

Pero ella es distinta. Es rara.

Y es capaz de que él hable de cosas de las que nunca hablaría.

Alberto Fuguet

 

Piensa que me he olvidado de tu carne

de lo que brutalmente imagino que es tu carne

 

que tu carne es un lugar alejado y espantoso que me duele

que tu carne es una despedida violenta como un látigo

que tu carne es un tiempo

 

recuerda que éramos pequeños y que tú decías

que nunca nadie nos separaría si nos quedábamos quietos mirando al cielo

que mañana todo sería distinto

que las personas crecen, envejecen y se olvidan

 

tú no tenías miedo ni rostro

recuerda que tú no tenías miedo ni rostro

porque ahora ya nadie se conmueve con tus palabras

porque son tus palabras las que han envejecido

y yo he olvidado ahora tu carne

lo que implacablemente pienso que es tu carne

eras niña y sabías que algún día todo sería distinto

que el viento sería distinto, los ojos, los gestos

las miradas, sabías que yo sería distinto

que mis labios se marchitarían, mis dedos

mi cuerpo, que ya no ve ni siente

que el mundo se volvería excesivo, cruel, perverso,

que algún día uno de los dos tendría que volverse solo

sabías que el mundo sería distinto

 

pero hubo un tiempo en el que llorábamos juntos

en que la noche ocupaba tu espacio con una sonrisa

un tiempo ambiguo, distante que el recuerdo destruye

en el que reíamos también juntos de las cosas

sin saber que allá afuera habían otras hazañas, otras historias, otros niños sin camisa

que lloraban

 

piensa ahora que me he olvidado de tus ojos

de tus labios, tus vestidos, de tu color fuerte que dolía

que tus palabras ya no dicen pobrecito, vamos, ni hasta luego

ni te quiero, ni hoy mamá me ha abandonado, ni para siempre,

ya no dices hace frío aquí afuera, no tengas miedo, ni hasta mañana

ya no dices nada, no me acuerdo de tu voz

 

y sin embargo recuerda que el tiempo siempre vuelve a ser uno

que la historia es vana, muta y carece de sentido

que el mundo inalcanzable con el que soñábamos es ahora

un pedazo de memoria que se extingue

un final, un hoyo en donde alcanzan todas las imágenes

y sin embargo aún no me he perdido en este sitio

porque en este sitio el mundo es un patio enorme y jardines y noche

porque después todo será distinto

y hace frío y hoy tu mamá te ha vuelto a abandonar

para siempre, vamos, no tengas miedo

después todo será distinto

 

es tarde y la noche y el patio y tu rostro y tu carne

y creo que también tu recuerdo, han vuelto ha dispersarse en la desgracia

en lo que sabemos es la desgracia

junto a tus palabras, junto al tiempo que es antiguo

entre los dos.

 

Dos cuerpos frente a frente

son dos astros que caen

en un cielo vacío.

Octavio Paz

 

You are a hometown kid like me

The Juliana Theory

 

1

La chica tiene el pelo negro y ondulado, los ojos grandes, marrones, los labios carnosos. El chico es alto, flaco y usa lentes.

Es lunes.

La chica viene por Ricardo Palma, cruza La Paz, se queda quieta por un instante, observa a ambos lados y camina de nuevo. El chico la está mirando desde la avenida, se encuentra parado en la puerta de un banco, hay también otras personas. La chica llega y se coloca justo detrás de él. Se miran.

El chico siente algo en el estómago. La chica no siente nada.

 

2

Hola, dice él.

Hola, ¿nos conocemos?, dice ella.

No lo creo. Soy Robert, dice él.

Yo soy Fran, dice ella.

Estás en mi facultad, dice él.

Nunca te he visto, dice ella.

Paras con dos chicas, una pelirroja y otra gordita, dice él.

Ángela y Kelly, dice ella.

Sí, dice él.

¿Vienes por lo mismo?, dice ella.

Sí, dice él.

 

3

Robert entra al banco. Se sienta y espera su turno. Fran hace lo mismo. Conversan.

Fran estudia Arte. Robert Literatura.

A Robert le duele el estómago. Está nervioso. Fran no siente nada.

Siguen conversando.

 

4

Fran tiene un novio quien la llama Pichi. Robert está solo. Pero no están conversando acerca de esto.

Fran ha peleado anoche con su novio, aquel tipo que por alguna extraña razón la llama Pichi. Robert no ha peleado con nadie, pero se encuentra triste. A Robert muchas veces le sucede lo mismo, es decir, se despierta pensando en que está triste. Lo raro es eso, piensa Robert en aquellas mañanas, lo raro es que no estoy triste, sólo pienso estarlo. Pero todavía no conversan acerca de esto.

Robert la observa mientras ella habla.

Fran habla de cómo odia San Marcos. Fran dice que odia San Marcos porque la gente está loca, porque nadie estudia, y también porque es aburrida. ¿San Marcos?, dice él. No, la gente, dice ella. Robert hace un gesto que a Fran le resulta difícil interpretar.

Escuchan una voz. Robert se levanta y se acerca lentamente a la ventanilla.

 

5

¿Cuánto pagaste?, dice ella.

Treinta, dice él.

Igual yo, dice ella.

No estoy muy seguro qué es lo que pagamos, dice él.

Creo que por seguro y algo más que no recuerdo, dice ella.

Sí, ¿y qué vas a hacer ahora?, dice él.

Tengo que ir a San Marcos, supongo que tú también, dice ella.

¿Vamos?, dice él.

Vamos, dice ella.

 

6

Se encuentran ahora en el micro. No hay mucha gente. Están sentados uno al lado del otro. Ríen.

 

7

San Marcos:

Fran recibe una llamada. Contesta.

 

¿Qué quieres?, dice ella.

Disculparme, dice la voz.

Ahorita no puedo hablar, dice ella.

Discúlpame, Pichi, soy un imbécil, tenías razón con lo de Silvita, dice la voz.

Sí, lo sé, hablamos más tarde, dice ella.

Te amo, dice la voz.

 

Fran cuelga. Está alterada, harta, cansada. Está confundida.

Robert la mira.  

Entran juntos a la facultad.

 

8

San Marcos:

Robert y Fran se encuentran ahora de pie, haciendo una cola cuyo motivo les parece absurdo. Conversan acerca de eso.

 

Suena un celular. Robert contesta.

 

¿Qué pasa?, dice él.

¿A qué hora vas a venir?, dice la voz.

No sé, mamá, creo que tarde, dice él.

Procura no demorarte, dice la voz.

¿Pasa algo?, dice él.

No. Ven temprano, dice la voz.

 

Robert cuelga. Fran lo está mirando.

 

9

Fran se ha pasado toda la noche llorando. Robert no.

Robert es un chico alegre, que sin embargo muchas mañanas despierta pensando en que no lo es. Fran también es una chica alegre, pero anoche ha llorado. Anoche Fran ha llorado demasiado. Pero ninguno de los dos conversa acerca de esto.

Robert se pregunta si Fran tiene novio. Fran no se pregunta nada.

Se miran a los ojos mientras hablan.

De pronto algo sucede.

 

14

El amor:

Robert abre la puerta de su casa. Son las siete de la mañana. Su madre lo está esperando.

Fran abre la puerta de su casa. Son las siete y media de la mañana. Nadie la espera.

Ambos entran a sus cuartos, se tienden en las camas, intentan descansar.

Miran al techo. Fran suspira. Robert sonríe. 

 

15

Antes de esto, el llanto.

 

Estuve en la casa de un amigo, dice él.

¿De quién?, grita la madre.

De Diego, en la casa de Diego, no pude llamar, dice él.

Mentira, grita la madre.

Te lo juro, puedes llamarlo, si quieres, dice él.

Te pedí que volvieras temprano, grita la madre.

Lo siento, dice él.

Nunca has hecho algo parecido, grita la madre.

Lo siento, mamá, dice él.

¿Has estado tomando?, grita la madre.

No, dice él.

 

La madre llora.

Robert sale del cuarto y se dirige al suyo.

Se tiende en la cama, intenta descansar. Sonríe.

 

16

Después de aquello, los celos.

 

Me quedé con Silvita, dice ella.

Te estuve llamando toda la noche, grita el novio.

Lo siento, el celular se apagó, dice ella.

Mentira, grita el novio.

Te lo juro, puedes llamarla, si quieres, dice ella.

¿Por qué no me avisaste?, es la segunda vez que pasa, grita el novio.

Ya conoces a Silvita, dice ella.

No, no la conozco, grita el novio.

Sí la conoces. Lo siento, dice ella.

Quiero que me digas su nombre, grita el novio.

¿Cuál nombre?, dice ella.

Del tipo con quien has pasado la noche, grita el novio.

¿De qué hablas?, dice ella.

Puta, grita el novio.

 

Fran abre la puerta de la casa.

 

Lárgate, dice ella.

Puta, grita el novio.

Sí. Lárgate, dice ella.

 

El novio sale. Ella se queda pensando.

 

10

Fran siente algo en el pecho. Observa a Robert, pero no lo escucha. Es la culpa, piensa. Robert habla acerca de un libro que acaba de leer. Una historia de amor, dice Robert. Fran lo observa a los ojos. No lo oye.

Fran no lo está oyendo. Mientras tanto, piensa en la noche anterior. La noche anterior Fran se la ha pasado llorando.

 

Esto fue lo que sucedió:

El novio llama. Hay un silencio.

¿Quién es?, dice ella.

Silencio.

Fran cuelga.

El novio vuelve a llamar.

Te he dicho que no llames al celular, dice ella.

Otro silencio.

Es peligroso, dice ella.

Rodrigo, habla, ¿quieres?, te he dicho que no llames al celular, dice ella.

Cuelgan.

A los minutos vuelve a llamar el novio. Esta vez sí habla.

 

¿Por qué me haces esto, Pichi?, grita el novio.

¿Qué?, dice ella.

 ¿Quién mierda es Rodrigo?, grita el novio.

¿Ah?, dice ella.

Yo fui quien llamó. ¿Quién es Rodrigo?, grita el novio.

Imbécil, dice ella.

Responde, grita el novio.

Es el novio de Silvita, ya te lo había dicho, dice ella.

¿Y por qué te llama?, grita el novio.

Porque quiere que lo ayude en algo que le va a hacer a Silvita, dice ella.

¿Qué cosa?, grita el novio.

No te importa, dice ella.

Sí me importa. ¿Qué cosa?, grita el novio.

Una sorpresa, una sorpresa de cumpleaños, dice ella.

Mentira, no son novios, grita el novio.

Te lo juro, puedes llamarla, si quieres, dice ella.

Lo haré, grita el novio.

Imbécil de mierda, dice ella.

 

Fran cuelga y marca luego el número de Silvita.

Hablan un momento. Están serias.

Después Fran se echa en la cama y no deja de llorar toda la noche.

 

Es la culpa, piensa ella ahora.

Robert le está contando acerca de otro libro que ha leído. Le dice que es una historia hermosa. Fran lo está mirando a los ojos. No lo oye.

Por la cabeza de Robert acaba de pasar el siguiente pensamiento: le gusto, no deja de mirarme, le gusto.

 

11

La matrícula en San Marcos se ha retrasado demasiado. En la puerta de la Facultad de Letras se puede observar a una multitud de muchachos haciendo una cola inmensa. Muchos de ellos consideran absurda la situación. Entre ellos se encuentran Robert y Fran. Uno al lado del otro.

Conversan. Se divierten. Sonríen.

Pasan tres horas. Pasan cuatro. Llega la noche.

Luego de la matrícula: Fran sale del pasillo y se percata que Robert la está esperando. Le hace una seña. Él se acerca.

 

¿Te vas?, dice ella.

Sí, te estaba esperando, dice él.

¿Para qué?, dice ella.

Para irnos juntos, dice él.

Ah, dice ella.

¿Vamos?, dice él.

No puedo, tengo que ir a otro lado, dice ella.

Ah, dice él.

Gracias por acompañarme, dice ella.

No hay problema. ¿Nos vemos pronto?, dice él.

Seguro, en clases, dice ella.

Sí, dice él.

 

Sonríen y se despiden.

Robert siente algo en el estómago. Está nervioso. Fran no siente nada.

 

12

Fran llega a una casa verde. Toca la puerta. Son las ocho de la noche.

Alguien abre.

 

Quiero olvidarme de todo, dice ella.

¿Qué hacemos?, dice Rodrigo.

Enloquecer, dice ella.

 

Se besan apasionadamente.

 

No sé qué hacer. Soy una maldita, dice ella.

¿Me quieres?, dice Rodrigo.

Sí, dice ella.

Bésame, dice Rodrigo.

 

Se besan de nuevo, apasionadamente. Luego hacen el amor, fuman, conversan. Luego duermen.

 

13

Robert se siente raro, nuevo, enamorado. Llega a una casa azul. Toca la puerta. Son las ocho de la noche.

Alguien abre.

 

Estoy enamorado, dice él.

 

Diego se ríe. Robert también. Salen de la casa.

Toman. Se emborrachan.

 

Luego de unas horas, amanece.

 

Una esperanza siempre renaciente y siempre frustrada

de salvarnos, alguna vez, de la barbarie.

Mario Vargas Llosa

 

Quería ser un buen chico, pero temía ser un buen chico

porque temía que los amigos lo llamasen buen chico.

John Fante

 

Vargas Llosa me mira detenidamente, sonríe y dice: necesitas ayuda, muchacho.

El Salvador se adelanta un paso y sin pensarlo dos veces estrella su puño contra la pared.

Fran está alegre, Fran está triste, Fran está a punto de matarse.

Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.

*

Lo sabía. Era eso o nada. Pero antes, el caos.

Mi vida en ese tiempo se reducía a mis visitas a la casa de Fran, a mis paranoias en la casa de Fran, a los gritos desesperados que le hacía a la hermana de Fran, a la tan extraña y oscura hermana de Fran. Mi vida, así, absurda, inexplicablemente, se reducía en otras palabras a los ojos de Fran, a las caderas de Fran, a la inteligencia oculta y tan dispersa de Fran. A Fran.

Pero también había otras cosas. Estaba, por ejemplo, Vargas Llosa; mi vida predestinada hacia Vargas Llosa, en torno a la imagen divina y ridículamente exagerada de Vargas Llosa, mi vida entendida a través de los ojos de Vargas Llosa; o sea, de un Vargas Llosa concebido únicamente en mi cabeza. Por otro lado, estaban también los sueños. Sueños en los que yo me encontraba sentado en una conferencia, solo, bastante perdido, sueños en los que normalmente yo estaba absorto mirando un punto determinado de la sala y notaba de pronto que se aparecía Vargas Llosa por detrás, sueños estúpidos, pero reales; en los cuales Vargas Llosa se sentaba a mi lado y me decía al oído, lentamente, tenemos que hablar, muchacho, y entonces yo volteaba, perplejo, nervioso, aterrado, y lo miraba a los ojos y le respondía con la voz entrecortada y chillona lo que digas, todo lo que tú digas, Mario; sueños en los que volvía a observar aquel punto determinado de la sala y sin tiempo a nada me despertaba.  

Sin embargo, esto no era todo. También estaba San Marcos. Estaban las chicas tontas de San Marcos, las chicas feas de San Marcos, las gordas, fofas, escandalosas chicas de San Marcos que veían en mí al escritor en ciernes, a la promesa, al elegido, que se acercaban para oír toda la sarta de disparates y estupideces que tenía que decir acerca de Vargas Llosa y Rimbaud, acerca de Vallejo y los escritores norteamericanos, que me miraban y coqueteaban con sus labios, con sus ojos, y que yo, inevitablemente, detestaba. Pero también los muchachos perturbados de San Marcos para quienes les resultaba por completo insoportable, que creían que estaba loco, que imaginaban que debía tener algún tipo de problema mental, o algo semejante; y también, además, los cigarros baratos y horribles de San Marcos que fumaba todos los días, también el pisco y la cerveza en San Marcos. Nadie podía evitarlo. San Marcos significaba esto para mí. Esto y nada más. Pero pronto las cosas cambiarían.

*

Fran me está mirando con sus ojos tan de nada, tan de todo, y me está diciendo al oído que debería quererla tanto como ella me quiere a mí. Fran, con esos ojos tan Fran que tiene, me dice susurrando que me ama, que soy todo en su vida y que por todo debo entender justamente eso: todo, porque no existe nadie más, me dice, porque soy dios, porque ella cree que yo soy en realidad su dios, dice. Fran tiene unos ojos increíbles. Se lo digo en este momento. Le digo Fran, tienes unos ojos increíbles, te amo, te adoro, no puedo vivir sin ti, y sin tus ojos, y tienes razón, soy dios, tu dios, el verdadero.

Fran voltea sus ojos negros, inmensos, extraordinarios, mueve ligeramente su pelo hacia adelante y dice sí, el único y verdadero. Fran es hermosa. La estoy mirando. Estás loco, me vuelve a decir, estás completamente loco y te amo, somos dos gotas enloquecidas, eso es lo que somos, me dice Fran.

Entonces aparece la hermana de Fran. La historia de cómo la hermana de Fran se convierte de la noche a la mañana en precisamente la hermana de Fran es bastante difusa y nunca nadie me la ha relatado bien. Sólo puedo decir que la hermana de Fran tenía quince años cuando su madre la encontró en la calle, llorando, con la ropa destrozada y llena de sangre, entonces la madre de Fran decidió llevarla a su casa, decidió decirle a su esposo, el padre de Fran, que esa chica necesitaba ayuda de verdad y eso fue lo que hicieron: la ayudaron; con los años, me cuenta Fran, se volvió parte de la familia, en la hermana que faltaba, en la hija obediente, algo bastante extraño al inicio, dice Fran, pero luego todos nos acostumbramos.

Decía entonces que aparece la hermana de Fran en el marco de la puerta. Nos observa. Por el momento no dice nada. Nosotros tampoco. Pero luego:

 

Necesito hablar a solas con Fran, dice.

¿Qué pasa?, dice Fran.

Todo. Quiero hablar contigo pero él no puede estar, dice.

¿Por qué?, dice Fran.

Porque sí, dice.

Porque me odias, digo.

Porque te odio y estás loco y sólo haces sufrir a Fran, grita.

Basta, dice Fran.

Ven, grita.

 

Salen. Yo me quedo en el cuarto de Fran. Veinte minutos, una hora. Me desespero. Siempre me desespero. Entonces salgo. Observo a un chico. Observo que el chico no es cualquier chico, sino El Enemigo. El Enemigo me mira a los ojos, yo también. Observo que Fran está llorando. Observo que El Enemigo se levanta. Observo a la hermana de Fran haciendo un gesto raro con la boca.

Algo no está bien, pienso.  

*

El Salvador era un muchacho demente. Eso todos lo sabían. Entonces vuelvo a lo anterior: San Marcos era para mí cigarros y chicas gordas, feas y tontas; además del pisco y la cerveza, San Marcos significaba, en mi mundo, un lugar en el que podía ser invisible, donde nadie me juzgaba y era libre, donde no existía Fran; pero entonces me enteré de El Salvador.

Nadie que tuviera un poco de sentido común podía creerle una palabra a El Salvador. Su historia puede reducirse a lo siguiente: luego de quedar gravemente herido en un accidente de auto por salvar (de ahí el nombre) a un tipo conocido como Patiño, El Salvador decide viajar a un pueblo de la Sierra, llamado La Cocha, al cual, sin embargo, no va solo, sino con Carito, una chica alta, blanca y de ojos pequeños; entonces se quedan en aquel lugar alrededor de tres años, pero de un momento a otro (después de leer sobre todo la obra de Vargas Llosa, de Carlos Fuentes, de Rubem Fonseca, y algo de Julio Cortázar, y algo de los escritores rusos del siglo XIX) decide que quiere ser escritor; entonces empacan rápidamente las cosas y se vienen a Lima; El Salvador tiene veintidós años, Carito veinte.

El Salvador llega a San Marcos, pero algo sucede. De la nada Carito lo deja, llevándose todas sus cosas, ropa, adornos, recuerdos, del pequeño cuarto que tenían alquilado en una quinta de Lince; lo abandona repentina, inesperadamente y sobre aquella mesa en la cual otras veces habían comido, cenado e incluso hecho el amor, le deslizó una nota en donde decía: ya no aguanto más, me voy. Al poco tiempo, y sin aparente motivo alguno, Carito murió tras caerse del sexto piso de un edificio. El Salvador, al enterase, se derrumbó. Por mucho tiempo estuvo recluido en su cuarto, no hablaba con nadie, no salía. Según algunos relatos, Carito lo había dejado por un sujeto mucho mayor que ella; dicen también que la noche en que murió estaba totalmente borracha, que no sintió nada, que su muerte fue instantánea. Terminó al final con el cráneo completamente roto, desfigurada, irreconocible.

Pero la tarde en que conocí por primera vez a El Salvador yo no sabía nada de esto. La tarde en la que El Salvador se acercó a mí luego de una clase para decirme que yo era un tipo grotescamente soberbio, inútil, desubicado y etcétera, nadie me había puesto al tanto de estos antecedentes y entonces le respondí que sí, que era un tipo grotescamente soberbio, inútil, desubicado y etcétera y que eso me gustaba, que eso le gustaba a todos, y, por supuesto, que si se metía conmigo iba a perder.

Pasó todavía un tiempo antes de que El Salvador empezara a perseguirme. En San Marcos se decía que estaba obsesionado conmigo por motivos que nadie podía adivinar. Yo suspiraba entonces una, dos veces y reía. Reía mucho, sin sentido.  

*

Debía irme a Francia.

Mi vida era un caos y no veía otra opción. Por las noches, cuando llegaba de clases, normalmente me sentaba en la cama y pensaba en Francia, en cómo sería mi vida en Francia, en los cursos que quería llevar en Francia, en París, en la Sorbona, y sobre todo en las mujeres libres, hermosas de Francia; me sentaba entonces mirando hacia la ventana y pensaba solamente en Francia.

Pero también en Vargas Llosa, en mi obsesión maniática hacia Vargas Llosa, y en Fran, en los ojos de Fran, en el dolor de Fran, pero también en las cosas que iban sucediendo, en lo poco que había hecho por mí en los últimos meses, en que quería ser escritor aún así no hubiese escrito más de cinco páginas en toda mi vida. Sentía que progresivamente, con motivos o no, las cosas iban perfilándose hacia una abrupta y desastrosa caída. El mundo empezó a ser entonces un plano totalmente desordenado, absurdo, estúpido. Estaba mal. Todos parecían estar conjurados para ver mi derrota, mi violenta y precipitosa derrota, y yo no daba ninguna señal de lucha. O quizás sí.

Y sin embargo las cosas empezaron aquella noche, me refiero a la noche en la que la hermana de Fran entró al cuarto de Fran y se la llevó para decirle cosas horribles acerca de mí, para confesarle que yo la engañaba hacía mucho tiempo, que existía una persona que podía asegurar la historia, aquella en la que yo llevaba dos relaciones paralelas a la suya y en la cual sufría de un problema de personalidad, o algo parecido, que todo era cierto porque este sujeto me conocía muy bien, demasiado, y que, evidentemente, yo era un maldito hijo de puta que no merecía su amor. Las cosas entonces empezaron de este modo. Pero luego de recibir un par de golpes en el pecho, algunos escupitajos, y varios, muchos, insultos, luego de golpear yo tres veces en el rostro y en el pecho de El Enemigo, luego también de la sangre, el odio y la impotencia, luego de todo esto, cuando salí aquella noche de la casa de Fran, supe que nada sería igual.

Era sábado. Llovía. Las calles estaban vacías, oscuras, pero entonces comencé a andar.

Parecía estar inconsciente. No podía hacer otra cosa que no fuera caminar. Caminar, llorar, no pensar. O pensar en todo, y no saber absolutamente nada. Hacía demasiado viento, mi cuerpo estaba mojado, tenía la cabeza en otra parte. Entonces caí.

Cuando abrí los ojos, sin embargo, no estaba muy seguro. Era el mismo lugar. La misma sensación de angustia. El mismo frío. Pero algo había en aquella noche que lo volvía todo plenamente distinto, extraño, insólito. De pronto, noté una sombra inmensa que me miraba desde atrás. Volteé. Alguien alto, con un enorme abrigo negro me estaba observando, no podía distinguir el rostro, ni los gestos, pero a pesar de esto supe de lo que se trataba.

El sujeto me dijo levántate, muchacho, y límpiate; y yo obedecí. Lo miré bien. Las arrugas, las cejas abultadas, el gesto serio y agudo, la expresión nítida. Eres tú, dije, en voz baja, y algo electrizante me recorrió por el cuerpo. De un momento a otro, empezó a dolerme el estómago, las piernas me temblaban, sudaba demasiado. Eres tú, volví a decir, pese a todo. Sí, dijo él, ¿estás bien?, dijo. No estoy muy seguro, dije, no sé qué decir. Tranquilo, dijo él, límpiate la ropa, necesitamos conversar, dijo. ¿Conversar?, dije. Los ojos me dolían demasiado, la lluvia había empeorado en ese rato y pensaba que iba a desmayarme de nuevo. Necesitas ayudas, muchacho, y quiero hablarte acerca de eso, dijo. En realidad estoy mal, dije y comencé a llorar, muy mal. Tranquilo, dijo él, vamos, dijo. Me palmeó el hombro, muy mal, dije, sin dejar de llorar.

Todo estaba oscuro; con gran esfuerzo distinguía ciertos lugares, avenidas, algunas calles, con gran esfuerzo caminaba. Pretendía entonces seguirle el paso mientras él me iba diciendo lentamente las cosas. Decía:

 

Tienes que irte rápido de aquí, esto no es algo que pueda decirte en otro momento ni en otra circunstancia, pero es totalmente cierto y debes saberlo: en este lugar no existen los sueños. Hay personas que lo comprenden, hay otras que no. Si quieres hacer algo con tu vida, debes marcharte. Estoy seguro que harás lo correcto, dijo y después se mantuvo en silencio.

No sé de qué me hablas, dije, no te entiendo.

¿Recuerdas aquel poema de Vallejo en el que dice “Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otras vez grande”?, dijo.

Sí, lo recuerdo, dije.

Bien, dijo, por eso me fui, desde allí empezó todo para mí.

¿Qué?, dije, ¿no te fuiste por Sartre, Flaubert, o Gide?, ¿no fue por ellos, acaso?

Muchacho, dijo, ¿sabes lo que es una epifanía?

Sí, algo semejante a una iluminación, dije.

Bueno, dijo, eso fue Vallejo para mí. Yo tenía quince años y mi padre me había puesto a trabajar aquel verano en La Crónica. Un día, uno de los amigos del diario, en medio de cervezas y cigarros, me habló fervorosamente acerca de Vallejo, aquel poeta ignorado por la crítica en los años 20 que decidió marcharse para siempre hacia París. Yo aún no me había aventurado a leerlo con detenimiento, pero esa conversación lo cambió todo. A la mañana siguiente conseguí un ejemplar y al abrirlo me topé por primera vez con ese verso. Tenía tan sólo quince años, pero ya sabía a dónde debía ir, dijo.

¿Y los franceses?, dije, tú siempre hablas de los franceses.

Eso vino después, dijo, lo que quiero decir es que los escritores franceses me confirmaron aquella intuición, la fundamentaron, pero la decisión inicial la tomé por Vallejo, el más grande poeta después de Rimbaud, dijo.

Jamás había escuchado algo similar, dije.

Rimbaud lo radicalizó todo, dijo.

No, dije, me refiero a París, a lo que te convirtió en escritor.

Muchacho, dijo, lo que me convirtió en escritor no fue París, fue la desilusión, dijo.

No entiendo, dije.

No voy a hablarte acerca de eso ahora, dijo.

Pero sin París ni España jamás hubieras escrito ni una sola línea de tus libros, dije.

Es posible, dijo, además creo ya haberlo dicho en algún otro momento.

Sí, dije, yo pienso que es verdad.

Bien, dijo, sólo quiero que sepas que debes marcharte. Estoy seguro que harás lo correcto.

Mi vida es un caos, dije, volviendo a llorar, Fran me odia, su hermana también y El Enemigo quiere verme muerto, no he escrito ni una línea desde hace meses, y en casa me ignoran.

 

No había luz en el lugar, pero noté de inmediato cuando desapareció.

El viento corría fuerte, la lluvia parecía no disminuir. Varios minutos después, mientras intentaba descansar, recordé todo aquello como un sueño.

*

Las veces que iba a San Marcos me dedicaba a descansar del mundo. En realidad, el mundo no me presionaba lo suficiente, pero me gustaba creer que sí. Yo solamente corría desaforado por los pasillos, fumaba, reía demasiado. Muchos imaginaban que estaba loco, que algo debía tener, que no era normal un tipo como yo. En aquel tiempo todo significaba exceso y yo lo asumía sin reparos como tal.

También asumía lo que algunos empezaban a comentar por San Marcos. Que El Salvador tenía un problema personal conmigo, que nadie se podía explicar cuál era exactamente, pero que me perseguía, que estaba al tanto de lo que hacía y dejaba de hacer. Lo asumía; sin embargo, me costaba creerlo. Todo se determinó una noche. Yo salía de un bar cercano con algunos amigos, estaba borracho y sólo hablaba de mujeres, decía que las chicas de San Marcos eran gordas y feas, además de tontas y sin gracia, pero que no tenía ningún problema en ligarme con alguna, decía también que estaba, por ejemplo, aquella chica de Sociales, llamada Reina, nada bonita, pero fácil, decía que no entendía por qué tenía esa aversión, sin embargo, continuaba diciendo, me gustaba estar cerca de ellas, conversar con ellas, salir y tomar pisco junto a ellas. Estaba explicando todas estas cosas cuando de pronto advertí una mano en mi hombro. Al voltear, observé que un puño venía directo hacia mi rostro. Sentí algo caliente cerca de los labios. Después me caí al suelo.

Pero no demoré en levantarme. Entonces me di cuenta de su cara. El Salvador adelantó un paso, luego otro y alzó de nuevo el puño. Sin reaccionar del todo pude moverme. Escuché en ese momento un golpe hondo, sordo, lleno de odio, en la pared, y luego los gemidos de El Salvador, y luego nada.

Jamás entendí por qué esa noche El Salvador me había buscado. Pronto, sin embargo, dejaría de ser él para volverse en lo que yo resolví en llamar El Enemigo. Ese sujeto que siempre andaba detrás de mí, intentando encontrar cualquier cosa para destruirme. Aquel sujeto que tenía un problema y para el cual yo me convertí en objetivo. 

*

Fran no sabe qué hacer. Dice que quiere matarse. Dice que Dios no existe. Dice que no tiene sentido seguir viviendo. Estamos afuera de su cuarto, su hermana me observa indignada al lado de El Enemigo. No reacciono.

Fran se acerca, me escupe dos, tres veces, grita demasiado, dice que soy un maldito hijo de puta que nunca mereció su amor, Fran dice que va a matarse en este momento. Su hermana le acaricia el pelo, la agarra por los brazos, no deja de insistirle que me olvide para siempre. Atrás, El Enemigo me mira oscura, inexplicablemente.

Fran está sentada en el suelo. Su hermana comienza a gritar. Entonces, por una cuestión de dignidad y orgullo, reacciono.

Grito. Golpeo la pared varias veces. Enloquezco. Me acerco a El Enemigo, lo agarro por el cuello, pienso matarlo. El Enemigo se defiende. Dice que soy un maldito cínico hijo de puta, que él está enterado de todo, que ya perdí. Intento golpearle el rostro. Lo hago tres veces. El Enemigo me coge por el pecho, rodamos unos metros en el suelo. Fran parece ida al otro lado de la sala.

Entonces no sé qué ocurre. De pronto me veo en la calle, en medio de una lluvia espantosa y sólo camino. No pienso. Miro hacia adelante y sólo camino.

Luego pierdo la conciencia. Me desmayo. Luego estoy en cama.

Cierro los ojos. Recuerdo un sueño.

*

Desperté al día siguiente con el cuerpo adolorido. Fui al cuarto de mamá, pero no había nadie. Regresé en silencio sin estar seguro si lo que sentía era ansiedad o la certeza de algo que está a punto de suceder. Pensé entonces en Fran y luego en Vargas Llosa y luego en París. Intenté reflexionar en por qué alguien se convierte en escritor. Estaba en esto cuando advertí que no me quedaba mucho tiempo.

Mucho tiempo, dije, absorto, y entonces lo supe. Era eso o nada.

Cogí unos cuantos papeles, un par de libros y algo de ropa. Debía dejar algo. Tomé una hoja en blanco de la mesa y escribí: “Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.” Dudé un momento. Pero continué.